Verdad que en aquella época no se corría peligro amenazando a lo existente en voz alta. Nos hallábamos en plena revolución. Los ministerios se sucedían unos a otros alzados y derrocados por la presión del populacho y de los periódicos que mejor lo representaban. El Ejército se cruzaba de brazos, presenciando con desdeñosa indiferencia la agitación de las masas; la Policía ejercía su ministerio tan tímidamente, que no se la sentía, como si tuviese vergüenza de sí misma.
Con todo, no podía dudarse de que los clientes del Café de Madrid eran hombres indómitos y peligrosos, y el más feroz de todos su mismo propietario, un hombrecillo gordo, barrigudo, que acostumbraba a situarse en una mesa próxima al mostrador, rodeado siempre de una camarilla o guardia negra que comentaba sus hazañas y bebía sus licores. Corría, como válido en el café, que Don Pancracio (así se llamaba su dueño) se había batido heroicamente en las barricadas y había entrado en todas las conspiraciones fraguadas diez años antes de la revolución, por lo cual había sido condenado cinco veces a muerte, sin que estas condenaciones hubiesen alterado poco ni mucho sus facultades digestivas.
Don Pancracio era hombre feroz por convicción más que por temperamento. Todo el mundo convenía en que tenía un corazón bondadoso y tierno y se contaban de él algunos rasgos de generosidad muy laudables. Pero había llegado a imaginar que era un sér temeroso y esto le lisonjeaba hasta un punto indecible. Se susurraba que en los barrios bajos de Madrid había dos mil hombres de pelo en pecho que no aguardaban más que una señal suya para empuñar el trabuco y lanzarse a la barricada.
Aunque esto no fuese cierto, los clientes así lo creían y él debía de creerlo aún más firmemente que ellos, a juzgar por su entrecejo siempre fruncido y la manera temerosa de hacer rodar sus ojos sanguinarios por todo el ámbito del café. Cuando allá en una mesa lejana se producía una disputa demasiado violenta y los contendientes se hallaban próximos a venir a las manos, esto despertaba inmediatamente los instintos guerreros del propietario quien, soltando una terrible blasfemia, tomaba una botella por el cuello y, mirando hacia los perturbadores del orden de un modo provocativo, murmuraba amenazas capaces de hacer estremecerse al Cid en su tumba. Pero sus genízaros se apresuraban a calmarle: «—¡Don Pancracio! ¡Don Pancracio!... ¡Un hombre como usted ensuciarse las manos en esos peleles!»
El propietario se calmaba con estas o semejantes razones, soltaba el cuello de la botella y no tardaba en bebérsela en compañía de su estado mayor. No puedo medir la capacidad estratégica que éste alcanzaba, porque nunca le he visto a la hora de la batalla, pero sí puedo certificar de la que poseía para los líquidos espirituosos.
Todas las horas eran trágicas para este café de conspiradores; pero la más trágica de todas era aquella de la noche en que aparecía un periódico revolucionario titulado El Combate. Cuando se abría la puerta y el vendedor se presentaba con su gran paquete debajo del brazo, los clientes todos como un solo hombre se ponían en pie, se agitaban convulsos, gritaban, gesticulaban y el orden no quedaba restablecido hasta que todos se veían poseedores de la preciosa hoja que devoraban con espasmos de alegría. En esta hoja se llamaba todos los días «granuja» al presidente del Consejo de Ministros, se le desafiaba y se empleaban las palabras más sucias del diccionario para calificar a los ministros.
¿Cómo podía consentirse esto?, preguntará tal vez el lector. Sencillamente, porque habíamos concluído con la ominosa tiranía y gozábamos de todos los derechos individuales.
No pudiendo reprimir legalmente la injuria, el Gobierno acudía al recurso de pagar a unos cuantos bravucones que entraban de improviso en las redacciones de los periódicos, apaleaban a los redactores y rompían y deshacían cuanto encontraban. Todo el mundo habrá oído hablar de la famosa partida de la porra. De un día a otro se esperaba que estos terribles apaleadores penetrasen en la redacción de El Combate. Si no lo habían hecho hasta entonces era porque los redactores se hallaban prevenidos y escribían con un par de revólveres delante de las cuartillas. Pero en cuanto se demoraba un cuarto de hora la salida del periódico, una gran impaciencia reinaba en el café, algunos salían a la calle, circulaban noticias alarmantes y sólo respirábamos cuando aparecía el enorme paquete por la puerta.
Una noche no apareció. ¡Noche terrible, noche aciaga en los fastos de aquel memorable café! A medida que el tiempo transcurría la consternación se pintaba en todos los semblantes. Al principio se gritaba mucho, se gesticulaba, había gran movimiento de entradas y salidas: los clientes más jóvenes se lanzaban en descubierta por las calles y volvían pálidos sin poder dar noticias concretas. Más tarde una desesperación sombría se apoderó de todas las cabezas. Las voces comenzaron a sonar más roncas. Después se apagaron por completo y un silencio heroico se extendió por todo el café.
Don Pancracio ordenó cerrar las puertas como estaba prevenido, pero sus camareros recorrieron como agentes ejecutivos todas las mesas, advirtiéndonos que podíamos permanecer allí el tiempo que tuviéramos por conveniente.