—Señores.
La entonación firme y sosegada que dió a esta palabra, y la pausa larga que después hizo asegurando los lentes sobre la nariz y paseando una mirada de grande hombre por el concurso, impusieron silencio y respeto.
—Después de la brillante oración que acaba de pronunciarnos mi queridísimo amigo el ilustrado ayudante de este puerto, señor Peña (el ayudante, aunque no ha hablado con Suárez más de tres veces en su vida, se inclina agradecido. Los respetables vecinos de Sarrió aprenden que hay más oraciones que el Padre Nuestro, la Salve y las demás rezadas por la Iglesia), quedará bien convencida la asamblea del fin generoso y patriótico que ha inspirado a los promovedores de este meeting. Nada tan grande, nada tan hermoso, nada tan sublime como ver a un pueblo reunido para deliberar acerca de los más altos y caros intereses de su vida. ¡Ah, señores! al escuchar hace un momento al señor Peña, me imaginaba estar en el Agora de Atenas decidiendo, como ciudadano libre, entre otros ciudadanos libres también como yo, de los destinos de mi patria. Me imaginaba oir la palabra vigorosa y ardiente de alguno de aquellos grandes oradores que ilustraron al pueblo heleno... Porque la elocuencia de mi queridísimo amigo el señor Peña, tiene mucho de la arrebatada pasión que caracterizaba a Demóstenes, el príncipe de los oradores y bastante también de la fluidez y elegancia que brillaba en los discursos de Pericles. (Pausa: mano a los lentes.) Es viva y animada como la de Cleón; es mesurada y prudente como la de Arístides; tiene tonalidades graves y precisas como la de Esquines, y notas agradables al oído como la de Isócrates. ¡Ah, señores! Yo también, como el elocuente orador que me ha precedido en el uso de la palabra, deseaba que el pueblo donde he visto por primera vez la luz del día, despertase a la vida del progreso, a la vida de la libertad y la justicia... ¡Sarrió! ¡Cuánto dulce recuerdo, cuánta inefable alegría despierta en mi alma este solo nombre! Aquí corrieron los años felices de mi infancia... Aquí comenzó a formarse mi espíritu... Aquí hizo el amor palpitar por primera vez mi corazón... En otra parte se ha enriquecido mi razón con el conocimiento de las ciencias, con las grandes ideas que engendra el estudio del Derecho... Aquí se ha nutrido mi alma con las santas y dulces emociones del hogar. En otra parte se ha adiestrado mi inteligencia en la polémica, en la lucha de las ideas... Aquí he cultivado mi sensibilidad con el tierno amor de la familia... Señores, lo diré muy alto, suceda lo que suceda: Sarrió está llamado a grandes destinos. Tiene derecho a ser una de las primeras poblaciones de la costa cantábrica, un emporio de actividad y de riqueza, tanto por la excelente situación en que la naturaleza lo ha colocado, como por la laboriosidad, la honradez y las grandes dotes de inteligencia de sus habitantes. (¡Bravo! ¡Bravo! Unánimes y estrepitosos aplausos.)
Roto el hielo que la sorpresa, más que una prevención injusta, había formado, los bravos y los aplausos se sucedieron sin interrupción a cada párrafo. Jamás los laboriosos, honrados e inteligentes habitantes de Sarrió habían oído hablar tan fácil y pulidamente. Aquel discurso fué la revelación de la vida parlamentaria moderna, según decía Alvaro Peña al disolverse la reunión.
Media hora llevaría en el uso de la palabra en medio del creciente entusiasmo del auditorio, cuando a uno de los próceres del escenario se le ocurrió que podía tener seca la boca y sería oportuno servirle un vaso de agua con azucarillo. Comunicada en voz baja la observación al presidente, éste interrumpió al orador, diciéndole:
—Si el señor Suárez está fatigado, puede descansar. Voy a dar orden de que le sirvan un vaso de agua.
Estas palabras fueron acogidas con un murmullo de aprobación.
—No estoy fatigado, señor presidente—respondió suavemente el orador.
(Sí, sí, que descanse.—Dejarle descansar.—Que se le traiga un vaso de agua.—Puede hacerle daño: que le echen unas gotas de anís.)
Los espectadores, acometidos súbito de una ardiente simpatía, se convertían en madres cariñosas para el hijo del Perinolo.