Este, inflándose más de lo que estaba, sonrió al auditorio, y dijo:

—La fatiga es propia de los soldados bisoños. Los que como yo están acostumbrados a las lides de la tribuna (había hablado varias veces en la Academia de jurisprudencia de Lancia) no se rinden tan fácilmente...

Digamos ahora que Mechacan, zapatero, vecino y competidor hacía muchos años del señor José María el Perinolo, que había visto criarse a Sinforoso y le había arreado más de uno y más de dos lampreazos con el tirapié cuando al volver de la escuela le llamaba, para vejarle, por el apodo, le estuvo escuchando desde la cazuela con las manazas apoyadas sobre la barandilla y la cara erizada de púas sobre las manos. En sus ojos, sombreados de una selva enmarañada de pestañas, no se advertía la chispa de entusiasmo que ardía en los de los demás. Antes se leía el asombro, la ira y la envidia. Cuando acertó a oir las palabras jactanciosas del hijo de su rival, no pudiendo sufrir tanta farsa, gritó con rabia:

—¡Fuera ese piojo, sollo!

Indescriptible indignación en el auditorio. Todos los rostros se vuelven airados a la cazuela. Oyense las voces de:

—¿Quién es ese borrico?—¡A la cárcel!—¡Fuera ese cerdo!

El presidente pregunta con terrible severidad:

—¿Estamos en un pueblo culto o entre hotentotes?

Esta pregunta así formulada, produce honda impresión en el público.

Suárez, un poco pálido y con voz alterada, dice al fin: