Estos fueron los gritos que salieron de la muchedumbre, aunque nadie había osado mover un dedo siquiera. Tal era el afán de escuchar la palabra presidencial.
Como todos los hombres de espíritu realmente elevado y de ingenio penetrante, don Rosendo escribía mejor que hablaba. Sin embargo, su palabra reposada tenía un sello de grandeza que en vano se buscaría en los oradores que le habían precedido.
—Señores (pausa), doy las gracias a todas las personas (pausa) que han acudido esta tarde (pausa) a la reunión que he tenido el honor de convocar (pausa mucho más larga durante la cual se suena con ruido). Tengo una verdadera satisfacción (pausa) en ver reunidos en este sitio a las personas más ilustradas de la villa (pausa) y a todos los que por uno o por otro concepto valen y significan algo.
(Bravo: muy bien, muy bien.)
Después de este exordio tan lisonjeramente acogido, manifestó el orador que lo que urgía en aquel momento era «levantar el nivel intelectual de Sarrió». Después añadió que su propósito al convocar este meeting no había sido otro que levantar este nivel. (Aplausos prolongados.) Para llevar a cabo tal empresa se consideraba sin fuerzas y méritos suficientes. (Si, si. Aplausos.) Pero contaba, creía contar al menos, con el auxilio poderoso de los muchos hombres de corazón y patriotismo, de inteligencia y de progreso que Sarrió encerraba. (Muestras de aprobación.) El medio que creía más eficaz para elevar a Sarrió a la altura que le correspondía, y hacerle rivalizar dignamente con otras villas, y aun ciudades marítimas de menos importancia, era la creación de un órgano que sostuviese sus intereses políticos, morales y materiales...
—Y, señores (pausa), aunque todavía no se hayan orillado todas las dificultades (pausa), tengo el gusto de manifestar a esta ilustrada Asamblea... (Atención, chis, chis. ¡Silencio!) que tal vez en el próximo mes de agosto... (¡Bravo, bravo! Ruidosos, frenéticos aplausos que interrumpen al orador por algunos momentos.) Que tal vez en el próximo mes de agosto (¡bravo, bravo! ¡silencio!) la villa de Sarrió contará con un periódico bisemanal. (Estrepitosos aplausos. Navarro arroja su sombrero de copa a la escena. Algunos otros espectadores siguen el ejemplo. Alvaro Peña y don Feliciano Gómez se ocupan en recogerlos y volverlos a sus dueños. La fisonomía de don Rosendo brilla con expresión augusta, y sus labios, al contraerse con una sonrisa feliz, dejan ver las dos filas simétricas de sus dientes, testimonio elocuente de los progresos odontálgicos.)
—A pesar de esas manifestaciones de cariño que agradezco hasta el fondo del alma (pausa) el orgullo no me ciega. La escasez de mis fuerzas (No, no), mi falta de ilustración (No, no: aplausos) hará que el órgano que funde no corresponda seguramente a las esperanzas del público. (Voces de varios sitios: ¡Si corresponderá! Tenemos confianza. Aplausos.) Pero si alguna vez (pausa) la falta de inteligencia puede ser suplida por la fe y el entusiasmo, será ciertamente ahora. Mi humilde pluma y mi modesta fortuna pertenecen al pueblo de Sarrió. (Muestras vehementes de aprobación.)
El nuevo periódico, según el orador, tenía «una gran misión que cumplir». Esta misión consistía en plantear las reformas, los progresos que la villa reclamaba. La necesidad de estas reformas y estos progresos «estaba en la conciencia de todo el mundo». El mercado cubierto se había hecho absolutamente indispensable. La carretera a Rodillero era el anhelo constante de ambos pueblos. En cuanto al macelo público don Rosendo se preguntaba con sorpresa cómo la villa podía consentir que existiese un foco de inmundicia como el actual, que era «un verdadero padrón de ignominia».
Gabino Maza había estado escuchando con marcado desdén y disgusto desde su butaca, a cuantos habían hecho uso de la palabra. Revolvíase como si el asiento tuviese pinchos. Le venían ganas atroces de gritar a los oradores: «¡Burros, pollinos!» como acostumbraba a hacer en el Saloncillo, o de fulminar contra ellos uno de esos sarcasmos feroces que levantan roncha. «Aquellas payasadas» le habían revuelto la bilis. No era milagro. Ya conocemos la gran virtud de segregación que el hígado del ex marino poseía. Respiraba con fuerza, sonreía sarcásticamente, rechinaba los dientes y escupía a menudo, mostrando de este modo su desaprobación a todo lo que se había dicho, lo que se estaba diciendo y lo que se había de decir. De vez en cuando, dejaba escapar algún ¡bah! o algún ¡pouh! o un ¡ta! y otras partículas no menos significativas. Por último, en mitad del discurso de don Rosendo, o porque nada pudiese oponer a su grave elocuencia, o porque el ruido de los aplausos le exacerbase de modo irresistible, es lo cierto que salió de la sala, y comenzó a dar paseos por delante de la puerta del teatro en un estado de agitación lamentable. A los pocos momentos, volvió a entrar y subió a la cazuela. Allí, oyendo a don Rosendo tocar el punto del matadero, pidió por favor a la plebe que le dejase paso. Una vez en las primeras filas, gritó reciamente:
—¡Aquí no se juega trigo limpio!