Después, se retiró.
No sabemos en qué consiste; pero es lo cierto, que siempre que en una reunión se insinúa por alguno la idea más o menos gratuita de que allí no se juega trigo limpio, tal afirmación produce efectos desastrosos. Esto es tanto más extraordinario, cuanto que por regla general, en las asambleas nadie lleva trigo en los bolsillos, ni limpio ni sucio. Y si por casualidad alguno lo llevase, es bien seguro que no le pasaría siquiera por el pensamiento jugar con él.
Don Rosendo, al oir la frase, quedó repentinamente mudo y pálido. Un fuerte murmullo de sorpresa corrió por todo el ámbito del teatro. Algunos gritaron:—¡Fuera!—Otros dijeron:—¡Chis, chis!—Las miradas de todos, después de escrutar las alturas de la cazuela, se dirigieron a la presidencia. Don Rosendo turbado aún, y con voz algo enronquecida, dijo:
—Señores: Si con esas palabras se quiere manifestar que yo, al convocar esta reunión, he abrigado algún pensamiento bastardo, mi delicadeza no me permite continuar en este sitio, y me retiro...
—¡No, no! ¡Que siga! ¡Viva el presidente!
—Yo estoy seguro, señores—dijo el orador visiblemente conmovido,—de que el individuo que ha gritado no es vecino de Sarrió, no ha nacido en Sarrió, ¡no puede ser de Sarrió!
Habiendo murmurado uno que el interruptor era de Nieva, se armó en el teatro terrible confusión y estruendo. Un grito formidable de:—¡Mueran los mazaricos! ¡Viva Sarrió!—se eleva de todas partes. Hay que advertir que en Sarrió se llamaba a los habitantes de Nieva mazaricos a causa quizá del gran número de pájaros de este nombre que allí suele haber, mientras los de Sarrió eran llamados en Nieva pinzones, por la misma razón.
Sosegados al fin los ánimos, don Rosendo da las gracias y cede a las instancias del público.
—Antes de ocupar otra vez este sitial (el presidente se había retirado al fondo del escenario), debo manifestar que si ese papagayo... o mazarico (risas) pretende arrancarme una declaración acerca del problema del macelo público, no tengo inconveniente en hacerla, porque a mí no me duelen prendas. (Viva, curiosidad. No se oye una mosca volar.) Yo declaro solemnemente, señores, que el nuevo macelo, en mi concepto, no debe emplazarse en otro sitio que en la Escombrera. (Inmensa sensación.)
El orador termina con pocas palabras más su grandioso discurso, y levanta la sesión. Los espectadores salen del teatro medio asfixiados, tanto por las múltiples emociones que en poco tiempo habían experimentado, como por los treinta y ocho grados centígrados que había en el local.