¡Pobre Cecilia! Tomaba el primer pedazo de papel que le venía a la mano, y sin cuidarse de guardarlo entre esencias, escribía a su novio con lápiz la mayoría de las veces. ¡Si las mujeres supiesen la importancia de estos miserables pormenores!

Venturita había dado vueltas todo el día alrededor de su madre, esperando ocasión de hablarla sin testigos. A la hora del crepúsculo, cuando las costureras se fueron, madre e hija quedaron al fin solas. Cecilia se había retirado a su cuarto dominada por la tristeza que había disimulado con trabajo durante el día. Doña Paula estaba sentada en una butaca con los ojos clavados en el balcón, recogiendo los últimos rayos de la luz moribunda, en actitud melancólica y reflexiva, poco frecuente en ella. Parecía presentir el disgusto que se cernía sobre su cabeza. Venturita colocaba los bastidores en un rincón y los tapaba con un lienzo, arreglaba las sillas y arrastraba la cesta de la costura a un lado para que no estorbase.

—Avisa que traigan luz—dijo doña Paula.

—¿Para qué?—respondió la niña sentándose en una silla baja a su lado.—Ya está todo arreglado.

Su madre volvió a entornar los ojos hacia el balcón y quedó en la misma actitud melancólica. Al cabo de unos momentos de silencio, Venturita tomó su mano y la llevó con ternura a los labios. Doña Paula volvió la cabeza con sorpresa. Pocas veces, por no decir nunca, su hija menor le había dado este beso respetuoso. Sonrió con dulzura y tomándole la barba entre los dedos, le dijo:

—¿Estás contenta con el vestido?

—Si, mamá.

—Te hace un cuerpo muy bonito. En cuanto le toquen un poco en el pecho, quedará que ni pintado.

La niña calló. Alzando los ojos al cabo de un instante le dijo, esforzándose en dar a su voz una inflexión segura:

—Dime, mamá, ¿qué opinas de la retirada de Gonzalo?