—¿Y crees que con eso está dicho todo?—dijo el anciano cada vez más irritado.—¿Crees que así se puede faltar a un compromiso sagrado? ¿Crees que así se puede dejar a una joven expuesta a la burla de la población? ¿Crees que habrá padres que autoricen semejante infamia?

—Tío—respondió Gonzalo suavemente,—antes de atreverme a decirle a usted lo que acaba de oir, han ocurrido cosas que me obligaban a dar este paso. Mis relaciones con Venturita son formales. Su madre las conoce y las ha autorizado, y a estas horas también su padre debe tener noticia de ellas.

—¿Y las autorizará?

—Estoy seguro de ello.

Don Melchor dejó el brazo de su sobrino que tenía cogido, y se llevó la mano a la frente. Estuvo un rato largo sin hablar.

Al cabo dijo con palabra lenta y acento melancólico:

—Bien está... Yo nada puedo hacer para evitar esa vergüenza... ¡porque es una vergüenza!—añadió con energía.—Eres mayor de edad, y aunque no lo fueses, en estos asuntos no intenvendría jamás.

—¿Se enfada usted?

—Tampoco cabe aquí el enfadarse. Lo siento únicamente. Lo siento por ella, pues he llegado a cobrarla cariño... y lo siento aún más por ti, Gonzalo. Al hombre que falta a su palabra, no puede ayudarle Dios... Estabas ya a bordo de un barco seguro, de porte, de madera blanca bien sangrada, con los fondos forrados, los árboles recios y el aparejo limpio y sencillo, y lo dejas para embarcarte en otro más ligero y galán... Buen provecho te haga. Pero ten en cuenta, hijo, que el viaje es largo, la mar ancha y brava; lo que ahora es bonanza, en un instante se convierte en marejada de leva; el viento no siempre fresquito, y cuando arrecia, se pone pesado de veras. Entonces no valen primores en la arboladura ni pinturas en las bandas, sino madera, mucha madera. Dame quillas, y te daré millas. De poco vale salir empavesado del puerto si el casco no puede con el aparejo... Ya sabes que Cecilia me gustaba... Siento mucho no poder decirte lo mismo de su hermana... Esto no es hablar contra ella. Ni la conozco bastante, ni a mí me corresponde hacerlo; pero puedo y debo decirte mis sentimientos, aunque no hagas caso de ellos...

—¡Oh, tío!...