El veterano estaba (aunque la afirmación cause asombro) en la edad en que mejor se siente la poesía de la mujer, que es la exquisita sensibilidad, la resignación, la dulzura, el sacrificio y no la efímera disposición de la forma, como juzga la impetuosa y desapoderada juventud.

—No riñamos por eso.

—Sí reñiremos... No quiero que vuelvas a hablarme de Cecilia de ese modo... ¡Vaya, vaya!

—Bien; pues confieso que Cecilia es una chica muy linda... pero...

—¿Pero qué?

—Pero yo no puedo quererla... porque ya quiero a otra.

—¡Qué mil diablos estás diciendo ahí, muchacho!—profirió don Melchor sujetando por el brazo a su sobrino y sacudiéndole.

—No puedo remediarlo, tío. Estoy enamorado hasta el cogote de su hermana Ventura.

—¿Estás en tu juicio o entre dos aguas, rapaz?

—Hablo en serio... La quiero, y ella me quiere.