—¿Que no quieres a Cecilia?—exclamó estupefacto el caballero.

Hay que advertir que don Melchor sentía un cariño ciego, casi adoración por la prometida de su sobrino. Para él aquella criatura era sagrada. Desde que Gonzalo se fijó en ella y él lo supo, la hizo objeto de una observación pertinaz lo mismo que si estuviese reconociendo el casco de un buque antes de arbolarlo. La halló buena, callada, inteligente y hacendosa, y sintió una intensa alegría amargada tan sólo por la noticia de que los novios no se irían a vivir con él. Visitaba poco la casa de Belinchón, pero cuando tropezaba a la joven en la calle, nunca dejaba de pararla, mostrándose tan galante y expresivo como jamás le había visto nadie.

—¿Que no la quieres?—repitió.—¿Y por qué no la quieres, zopenco?

—No lo sé. Hice esfuerzos sobrehumanos por cobrarle amor, y no lo he conseguido.

—¿Y ahora te acuerdas de eso? ¿Un mes antes de casarte? Vamos, Gonzalo, a ti hay que darte una carena en la cabeza.

—Es una atrocidad... lo comprendo... pero yo no puedo resignarme a ser desgraciado toda la vida.

—¡Desgraciado! ¿Y llamas desgracia, grandísimo zarramplín, casarte con una joven tan buena y tan hermosa que no hay otra en Sarrió que le llegue a la suela de los zapatos?

Gonzalo no pudo menos de sonreir.

—Cecilia es una buena muchacha, digna de casarse con un hombre mejor que yo... pero, hermosa, tío...

—¡Hermosa, sí, hermosa, majadero!—exclamó furioso el señor de las Cuevas.—¿Serás capaz de poner tachas a un ángel?