—Gonzalo renuncia a casarse conmigo, ¿verdad?

A su vez doña Paula guardó silencio y ocultó su rostro lloroso entre las manos.

Transcurrieron algunos instantes.

—¿Tiene alguna queja de mí?

—¡Qué ha de tener! ¿Quién podrá tener queja de ti, mi cordera?

—Entonces, si es que ya no le gusto o no me quiere, ¿qué vamos a hacer?... Más vale que me desengañe a tiempo.

—¡Oh!—gritó doña Paula rompiendo de nuevo a sollozar. Bajo la aparente resignación de su hija adivinaba un dolor profundo, que hacía esfuerzos por ocultarse.

—¡Qué le vamos a hacer, mamá! ¿No vale más que me lo diga ahora que después de casados? ¿No comprendes la vida de tormentos que pasaría unido a una mujer a quien no quisiera?... La pena que puede causarme en este momento, por grande que sea, no puede compararse a la que tendría al saber que mi marido no me amaba. La pena entonces sería cada vez mayor hasta la muerte, mientras que ahora puede desaparecer o por lo menos calmarse... Acaso después que él se vaya, no viéndole en mucho tiempo le iré olvidando poco a poco...

—Es... que no se va—profirió confusamente la señora.

—Si no se va, paciencia... Procuraré no salir de casa, y así no le veré.