—¡No me lo preguntes, hija de mi alma!—exclamó la señora rompiendo a sollozar.
Cecilia se puso fuertemente pálida, y dejó que su madre le besase con efusión la mano que tenía entre las suyas.
Repuesta del susto, preguntó:
—¿Qué ha pasado, mamá?... Habla.
—Una cosa horrible, alma mía... ¡Una infamia!... Quisiera morirme en este momento, para no ver la ruindad, la maldad que se hace con una hija mía.
—Tranquilízate, mamá. Estás enferma, y puede hacerte mucho daño esta emoción.
—¡Qué importa! Te digo que quisiera morirme... Daría con gusto la vida por que no quisieras a Gonzalo... ¿Le quieres, corazón mío, le quieres mucho?
Cecilia no contestó.
—¡Dime, por Dios, que no le quieres!
Cecilia siguió callada. Al cabo de algunos instantes dijo, esforzándose en vano por dar una inflexión segura a la voz: