—Amigo don Segis, ¿qué le parece a usted de ir a limpiar los mocos al hijo del Perinolo?
—¡Grave! ¡grave! ¡grave!—murmuró don Segis.
—Si pudiéramos darle una sopimpa, sin escándalo, se entiende...
—¡Grave! ¡grave!
—A las once u once y media sale del café. Podemos esperarle por allí cerca y alumbrarle algunos coscorrones.
—¡Grave! ¡grave! ¡grave!
—¿Es usted un hombre o no lo es, don Segis?
La pregunta, aunque inocente, causa honda perturbación en el espíritu del capellán, a juzgar por la serie de muecas y ademanes descompuestos a que se entrega antes de pronunciar una palabra.
—¿Quién? ¿Yo?... ¡Parece mentira que un amigo y un compañero me diga cosa semejante!
Y dió la vuelta muy conmovido y se llevó el pañuelo a los ojos, de donde brotaban algunas lágrimas.