—Pues los hombres se portan como hombres. Vamos a castigar la insolencia de ese pelgar.

—¡Vamos!—profirió con firmeza el capellán, echando a andar en dirección a su casa.

—Por ahí no, don Segis.

—Por donde usted quiera.

Los dos clérigos se cogieron del brazo y empezaron a caminar, no sin ciertas vacilaciones explicables, en dirección al café de la Marina. No será de más decir que ambos vestían de seglar por las noches, con sendas levitas negras de largo faldón y manga apretada, botas de campana y enormes sombreros de felpa.

Un buen cuarto de hora invirtieron antes de llegar a las cercanías del café. Una vez allí, ofuscados por las luces como cándidas mariposas, quisieron caer, y retrocedieron.

—Lo mejor será esperarle hacia su casa. Aquí hay todavía mucha gente—dijo don Benigno.

Don Segis se mostró humilde también esta vez, siguiendo el impulso de su compañero.

En la calle de Caborana, esquina a la del Azúcar, que la pone en comunicación con la Rúa Nueva, se situaron ambos como punto estratégico por donde el enemigo había de pasar, dado que su casa estaba situada al final de la calle de Caborana. Los dos clérigos tenían la firme voluntad de los navarros en el desfiladero de Roncesvalles. Así que soportaron con heroica impavidez, durante media hora de espera, la lluvia menuda que estaba cayendo, sin que el temor del reumatismo ni otra consideración temporal les hiciese moverse una pulgada del puesto que ocupaban.

Al fin, descuidado y satisfecho, después de haber sostenido larga y acalorada discusión en el café, se retiraba el redactor en jefe del Faro hacia su casa, cuando inopinadamente le sale al encuentro el irritable teniente, que le dice con su voz chillona: