—Oiga usted, mocito, ¿quiere usted repetirme ahora las insolencias que ha dicho en el papelucho de don Rosendo? Tendría mucho gusto en ello.

La sorpresa, el acento sarcástico y amenazador del clérigo, y la vista del bulto de don Segis, que permanecía a algunos pasos, inmóvil, como fuerza de reserva, infundieron tal pavor en Sinforoso, que en algún tiempo no pudo articular palabra. Sólo cuando el teniente avanzó hacia él un paso, logró decir:

—Tranquilícese usted, don Benigno. Yo no le he nombrado a usted.

—¡Hola!—exclamó el clérigo con sonrisa feroz,—parece que ya no cantas, tan alto... ¿Qué tiene el gallo que no canta? ¿Qué tiene el gallo que no canta, guapito?

Don Benigno avanzó un paso, y Sinforoso retrocedió otro.

La reserva de don Segis avanzó también para conservar la distancia estratégica.

—¡Tranquilícese usted, don Benigno!—gritó Sinforoso con terror.

—¡Si estoy muy tranquilo, guapo! No deseo más que oir otra vez aquello de las palomas, que me ha hecho mucha gracia.

—¡Yo no lo he escrito!—exclamó con angustia el hijo del Perinolo.

—¿De veras no lo has escrito, guapo?... ¡Pues para cuando lo escribas!