Y descargó una bofetada en la pálida mejilla del redactor.
—¡Sosiéguese usted, don Benigno!—exclamó el desdichado retrocediendo, y extendiendo hacia adelante las manos.
—No te digo que estoy muy tranquilo, majo. ¡Toma otra palomita!
Y le dió otra bofetada.
—¡Por Dios, don Benigno, sosiéguese usted!
—¡Allá va otra palomita!
Nueva bofetada.
Digamos ahora, antes de pasar adelante, que de las que se dieron en Sarrió en los dos años siguientes a la aparición del Faro (y sabe Dios que el número es incalculable), lo menos una mitad fueron a parar a las mejillas de este joven distinguido.
No pudiendo calmar con sus ruegos al enfurecido excusador, y sospechando que el bando de palomas iba a ser numeroso, el redactor en jefe del Faro gritó con todas sus fuerzas:
—¡Socorro, que me matan!