Y trató de dar la vuelta para huir; pero los dedos acerados del clérigo le retuvieron por un brazo. Al mismo tiempo don Segis, creyendo llegado ya el momento de entrar en fuego, le descargó con su bastón de ballena un garrotazo en las espaldas.

—¡Socorro!—volvió a gritar el desdichado.

Es el caso que en aquel momento llegaba de la tienda de Graells, donde acostumbraba a pasar las noches, el invicto ayudante de marina Alvaro Peña, que tenía su domicilio en la calle del Azúcar. Al escuchar los gritos de su amigo, echó a correr hacia el sitio, diciendo:

—¿Qué pasa, Sinforoso, qué pasa?

—¡Auxilio, don Alvaro, que me matan!

—Fijme, Sinforoso, ¡que allá va socojo!—le volvió a gritar acercándose rápidamente.

Los clérigos, oyendo la voz de aquel odioso y terrible enemigo de la Iglesia, soltaron la presa; pero enardecidos por el combate, trataron de hacerle frente poniéndose en línea de batalla con los bastones en alto. Al divisarlos Peña, se estremeció de ira y de gozo al mismo tiempo.

—¡Son curas!

Vibró el bastón en su mano y el enorme sombrero de don Benigno saltó veinte varas lejos. El teniente retrocedió. Don Segis avanzó y trató de alcanzar con el palo la cabeza del ayudante; pero antes que pudiera hacerlo, un garrotazo le había caído sobre el cogote, dejándole malparado.

—¡Debiera suponejlo, caramba! Sólo estas aves nocturnas son capaces de esperaj traidoramente a un hombre indefenso, alterando el ojden público y tujbando el sueño de los vecinos... Es menestej concluij con esta raza de alimañas que chupan la sangre del pueblo, y aspiran a tenejlo sumido en la bajbarie... ¡Estos son los ministros de Dios! ¡Los apóstoles de la claridad! ¡Los etejnos pejturbadores del ojden social!...