A las horas que bien le placía a la hermosa, salían a pasear por los jardines, sin alejarse mucho. Al llegar a algún sitio umbrío y fresco, de los pocos que la mano reformista de don Rosendo había dejado, la niña quería sentarse; pero no sobre la hierba ni sobre un banco rústico. Era menester que Gonzalo corriese a casa y trajese una butaca.
—Ahora, siéntate aquí a mis pies.
El mancebo se postraba y besaba con entusiasmo las manos que la gentil esposa le tendía.
—¡Sansón y Dalila!—exclamaba ella riendo y hundiendo sus manos como copos de nieve en la rubia y rizada barba de su marido.
—Tienes razón—respondía él dando un suspiro.—Un Sansón sin cabellos.
—¡Qué no tienes cabellos!... ¿Y esto qué es?—replicaba levantando su pelo, y poniéndolo erizado como una escoba.
—Hablo de mis fuerzas.
—¿No tienes fuerzas, eh? A ver: saque usted esos brazos.
El, riendo, se despojaba de la americana, y remangándose la camisa mostraba sus brazos enormes de gladiador, donde la musculatura tomaba brioso relieve como un espeso tejido de cuerdas.
—¡Qué barbaridad!—exclamaba la niña cogiendo uno con ambas manos, sin lograr ni con mucho abarcarlo. Y poseída de repentino entusiasmo y admiración, añadía: