—¡Qué fuerte, qué hermoso eres, Gonzalo! Déjame morderte esos brazos.
Y se inclinaba para hincar sus dientes menudísimos en ellos. Pero el mancebo tendía sus férreos músculos, y los dientes resbalaban por la piel sin penetrarla.
Entonces ella se enfadaba, insistía, quería a todo trance coger carne. Al cabo, él aflojaba los músculos diciendo:
—Te dejo morder; pero a condición de que me hagas sangre.
—No, eso no—respondía ella, expresando en la sonrisa anhelante el deseo de hacerlo.
—Sí, quiero que me hagas sangre; si no, no te dejo.
La niña empezaba apretando poco a poco la carne de su marido.
—¡Más!—decía éste.
Y apretaba más.
—¡Más!—volvía a decir.