Seguía apretando mientras en sus ojos chispeaba una sonrisa maliciosa.

—¡Más! ¡más!

—Basta—decía ella levantándose.—¿Lo ves? ¡ya te hice sangre! ¡Qué atrocidad, ni que fuese un perro!

E inclinándose de nuevo, chupaba con afán voluptuoso la gotita de sangre que saltaba en el brazo. Ambos sonreían con pasión reprimida. Después miraban al pequeño círculo cárdeno que los dientes de la niña habían dejado impreso.

—¿Lo ves?—volvía a decir ella avergonzada.—¡Vaya unos caprichos extraños los que tienes!

—Gracias. Quisiera que esta marca quedase, ahí eternamente. Pero no; ¡bien pronto se borrará, por desgracia!

—Puedo renovarla a diario—replicó maliciosamente.

—Me alegraría mucho.

—Vamos, tú quieres convertir a tu mujer en perrita. Dilo francamente.

Y abrazándole repentinamente, y besándole con frenesí en los ojos, en las mejillas, en la boca, en la barba, le repetía sin cesar: