—¡Dilo francamente! ¡Dilo francamente, pedazo de oso!... Esta boca es mía, y la beso. Esta barba es mía, y también la beso. Este cuello es mío, y lo beso. Estos brazos son míos, ¡míos! y los beso.
—Tómame todo: mi vida es tuya—decía él ebrio de dicha.
—Te quiero, te quiero, Gonzalo, por lo hermoso, por lo fuerte... A ver, déjame poner una mano sobre la tuya... Qué disparate, ¡parece una hormiga!
—Una hormiga blanca—replicaba él ahogando aquella diminuta mano entre las suyas grandes y fibrosas.
—Te quiero, te quiero, Gonzalo. Tómame en brazos. ¿Serás capaz de pasear conmigo así?
—¡Oh! ¿no he de ser?
La levantó como una pluma, y poniéndola sobre un brazo como a los niños, comenzó a dar brincos por el jardín.
—¡No tanto! Llévame suavemente. Vamos de paseo.
La paseó sin fatigarse por todo el parque. Y desde aquel día aquella forma de paseo le agradó tanto a la niña, que en cuanto salían de casa se colgaba al cuello de su marido para que la subiese. Los criados al verlos movían la cabeza sonriendo.
Pero muy pronto descubrió otro medio de pasarlo aún mejor. Había cerca de casa un columpio que el tiempo, más que el uso, había deteriorado. Hizo que se arreglase, y en cuanto lo tuvo presto se pasaba las horas mecida por Gonzalo.