Pero este tormento, aunque nada tenía que envidiar a los de los mártires del Japón, padecíalo, si no con gusto, con varonil entereza. Pensaba que siempre ha costado enormes sacrificios civilizarse y civilizar un país. Al cabo de los dos meses comenzó el eterno tic tac de los floretes. Pero sin abandonar por eso el tormento de las piernas. Don Rudesindo, Alvaro Peña, Sinforoso, Pablito, el impresor Folgueras y algunos otros, tomaban lección al mismo tiempo. En la sala, las impresiones bélicas subyugaban de tal modo a los tiradores, que guardaban solemne silencio. No se oía más que la voz áspera de M. Lemaire repitiendo sin cesar y de un modo distraído:—En garde vivement—Contre de quarte.—Ripostez... ¡Ah bien!—En garde vivement.—Contre de sixte. Ripostez... ¡Ah bien!—Parez seconde.—Rispostez ¡Ah bien! Don Rosendo se creía trasladado a París, y veía en don Rudesindo, Folgueras y Sinforoso, a Grisier, Anatole de la Forge y el barón de Basancourt. El Faro no era El Faro, sino Le Gaulois o Le Journal des Debats.

Al cabo de cinco meses, se mantenía bastante bien en guardia, paraba los golpes rectos, atacaba con furia y saltaba hacia atrás con maestría. Creyó llegado el caso de dar un escándalo. Era necesario que la población se persuadiese de que los dos mil francos asignados al profesor no eran enteramente perdidos.. Además convenía ir introduciendo en ella el gusto por estos refinamientos de las grandes capitales. ¿Pero con quién tener affaire en Sarrió? Aunque buenas ganas se le pasaban de desafiar a alguno de los del Camarote, comprendía que el único capaz de batirse era Gabino Maza. A éste le tenía una migajita de respeto, sobre todo desde que había oído decir al profesor que en los duelos era preciso tener mucho cuidado con los hombres violentos, aunque no supiesen esgrima. Después de largas y profundas meditaciones imaginó que lo mejor era provocar un lance con algún periodista de Lancia aprovechando la polémica que el Faro venía sosteniendo con el Porvenir, acerca de cierto ramal de carretera. Y como lo pensó lo hizo. En el primer número se mostró tan agresivo, tan insolente con el periódico de la capital, que éste, sorprendido e indignado, contestó que ciertas frases del Faro no merecían sino el desprecio. En su consecuencia, don Rosendo comisionó a sus amigos Alvaro Peña y Sinforoso Suárez «para que fueran a entenderse» con el director del Porvenir. Se trasladaron a Lancia y regresaron el mismo día. El señor Belinchón al verles llegar deseaba ya ardientemente que el asunto se hubiese arreglado sin necesidad de duelo, a pesar de ser él quien lo provocara. Nuevo testimonio de su grandeza singular de alma y de la exquisita sensibilidad de que estaba dotado. Por desgracia el director del Porvenir se había mantenido firme. Los testigos convinieron un duelo a sable que debía realizarse al día siguiente, en una posesión de las cercanías de Lancia.

Nuestro héroe, al saberlo, sintió que las piernas le flaqueaban, no de temor, que esto ninguno osará siquiera imaginarlo, sino por la emoción de verse tan próximo a ser objeto de la curiosidad y expectación públicas, no sólo en la provincia, sino en España entera. Cuando caminaban hacia casa, Peña le dijo con ruda franqueza:

—Los padrinos de Villar querían que se cortasen las puntas a los sables; pero yo me opuse. «No, no, dije, conozco bien a don Rosendo, y es hombre que aborrece las niñerías. No se puede jugar con él. Cuando se mete en un lance de éstos, es menester que vaya todo muy serio. Estoy seguro de que si cortásemos las puntas, tendría con él un disgusto...» ¿No he interpretado bien su deseo?

—Perfectamente. Muchas gracias, Alvaro—respondió el señor de Belinchón alargándole una mano que Peña halló demasiadamente fría. Y añadió con voz débil:—Aunque se limasen un poquito las puntas, ¿sabe usted? no tendría inconveniente en aceptarlo... El asunto, después de todo, no exige precisamente que sea a muerte.

—No me atreví siquiera a aceptar eso. Como no conocía la opinión de usted, tenía miedo que le disgustase...

—Nada, nada, pues por mí no hay inconveniente en que se limen.

—Ahora ya no puede ser. Están concertadas las condiciones. A menos que ellos lo propongan de nuevo, las puntas irán afiladas. A usted le conviene mucho porque tira el florete...

—Precisamente por eso. Yo no quisiera llevar ventaja alguna a mi adversario.

Peña guiñó el ojo con malicia.