—No sea usted tan escrupuloso, don Rosendo. Si usted puede ensartarlo ¡fiiit! como un pajarito, no deje de hacerlo.

Estas últimas palabras las acompañó el ayudante con un gesto expresivo, traspasando el aire con los dedos de punta, lo mismo que si los estuviese introduciendo por un cuerpo humano.

Don Rosendo hizo un gesto de repugnancia, y guardó prolongado silencio. Al cabo, manifestó sordamente:

—Lo que sentiré es que estas malditas agujetas no me permitan tirarme a fondo.

—¡Ca, hombre, ca! Pierda usted cuidado. Mientras dure el lance, no sentirá usted dolor alguno en las piernas. ¿No le ha sucedido dejar de sentir el dolor de una muela en el momento de llamar a la puerta del dentista para sacarla?

Este símil consolador produjo inmediatamente en el ayudante un acceso de risa, que duró buen rato. Belinchón se mantuvo grave y sombrío, como deben estarlo los héroes la víspera del combate.

La noticia corrió como una chispa eléctrica por la población. El pasmo de los vecinos era indescriptible. A ninguno le cabía en la cabeza que una persona, entrada ya en años, con hijos casados, fuese a darse de sablazos con otra por cuestión de un ramal de carretera. Sin embargo, el partido que Belinchón acaudillaba admiraba la decisión y el valor de su jefe. Este, por la noche, tuvo una espantosa pesadilla. Soñó que el sable del director del Porvenir le abría por el medio. Una mitad se la llevaba el vencedor como trofeo. A Sarrió sólo volvió la otra mitad. Sus mismos gritos le despertaron. A doña Paula, que dormía a su lado, la aterraron de tal modo, que fué necesario acudir al antiespasmódico. Belinchón, con la fortaleza de los temperamentos heroicos, no dijo nada a su consorte. Lo que hizo fué beber un trago del antiespasmódico.

Al día siguiente salió en coche para Lancia, acompañado de Peña, Sinforoso, don Rufo y dos sables de tiro. A la salida de la villa, en la carretera, más de cien personas le despidieron. Ante aquella manifestación de cariño, don Rosendo se sintió enternecido.

—¡Buena suerte!—Pongan ustedes telegrama, ¿eh?—No se diga que Sarrió queda por debajo de Lancia.

Don Rosendo fué estrechando con emoción las manos de sus partidarios. Todos se le ofrecían para acompañarle, y le prometían venganza para el caso de perecer en la lucha.