Al fin llegaron a la quinta designada, y se avistaron con el enemigo. Los testigos platicaron, midieron los sables, y los pusieron en manos de los contendientes. La fisonomía de éstos tenía el color adecuado a semejantes solemnidades; esto es, un verde botella, que a intervalos tomaba visos anaranjados.

Una vez en guardia, y dada la voz de atacar, comenzaron ambos a tentarse los sables metódicamente, primero de un lado, después de otro, con un lúgubre sonido que ponía espanto. Al cabo, Villar se arrojó a levantarlo para herir en la cabeza a su adversario... Pero ¡ca! don Rosendo dió un salto tan prodigioso hacia atrás, que los testigos se miraron unos a otros llenos de asombro. Villar, pasmado también, esperó a que su contrario se acercase de nuevo. Volvieron al lúgubre tic tac. Don Rosendo, al cabo de otro rato, alzó el sable... Villar, instantáneamente dió otro brinco verdaderamente sobrenatural, que sobrepujó en mucho al primero. Creyeron que salía de la quinta. Los testigos se miraron todavía con mayor asombro.

La pelea duró, en esta forma, más de media hora. Durante ella, don Rosendo gritó una vez:

—¡Alto!

—¿Qué hay?—preguntaron los testigos acercándose.

—Que me parece que el sable del señor ha perdido la punta.

Se reconoció el sable de Villar, y se vió que no era verdad. Este rasgo de caballerosidad, más propio de la Edad Media que de nuestros tiempos, elevó a don Rosendo, en el concepto público cuando se supo, a la altura de los héroes legendarios, Roldán, Bayardo y Bernardo del Carpio.

El combate terminó cuando el sable de Villar, sin intención ninguna, tropezó con la frente de Belinchón. Fué un simple rasguño; pero los padrinos dieron por terminado el lance. Don Rufo colocó un gran pedazo de tafetán inglés sobre la herida. El herido dió la mano noblemente a su contrario. Se envió un telegrama a Lancia, para que lo pusiesen a Sarrió. Almorzaron todos juntos alegremente, y durante el almuerzo, los campeones se comunicaron con gran expansión los golpes que se tenían destinados, y que por falta de oportunidad no habían podido ejecutar.

—Hombre, si no llega usted a romper a tiempo, le parto la cabeza en dos. Finta de una dos a la cara, estocada al pecho y cuchillada a la cabeza—decía don Rosendo, engullendo un soberbio trozo de merluza.

—Pues no lo hubiera usted pasado mejor si llego a hacer una combinación que tenía meditada—contesta Villar.—Amago la faja ¡pin! Ataco en falso a la cabeza ¡pin! Usted me contesta al brazo ¡pin! Yo hago una dos a la cara ¡pin! Usted contesta a la cabeza ¡ pin! Yo paro y contesto al brazo ¡pin!...