—¡Cuidadito, que yo no sufro esas cosas!... Vaya usted a hacerlas con las que se lo aguanten.
Esto iba sin duda con Nieves. Pablito obró con más cautela en adelante, aunque no con menor osadía. Dondequiera que la encontraba requebrábala a su manera, bromeaba, sufría con paciencia sus «patas de gallo». Porque era Valentina el tipo de la artesana de Sarrió, en quien la falta de educación es una gracia más que añadir a las muchas que poseen. Concluído el equipo de Ventura, y no teniendo ocasión de verla, Pablito aprovechaba los bailes de las Escuelas para seguir festejándola.
Mas no por eso abandonaba a Nieves. El gallardo mancebo adivinaba que el amor propio excitado por la competencia, haría más en su favor que las mismas ventajas personales de que estaba dotado. Esta perspicacia era innata en él. Se había manifestado claramente desde que había enamorado a la primera mujer. Lo cual es un argumento más para los que creen en la preexistencia del ser humano. Porque sólo habiendo seducido muchas costureras en vidas anteriores, pudo nuestro mancebo poseer una noción tan exacta del procedimiento adecuado a este fin.
Al fin se había rendido. Principió por abandonar a su novio. Concluyó por dar citas de noche como la presente al gallardo Pablito.
—¿Duerme tu padre?—fué la primer pregunta que éste hizo en cuanto se vió en el corredor.
—¿Qué te importa?—respondió la resuelta costurera.
—Es que si no duerme... ya ves... ¡Cáspita, la cosa es grave!
—Calla, cobarde; ¡vergüenza había de darte! Voy a hacer ruido por el gusto de verte correr.
Pablito la estrechó entre sus brazos y le dió una razonable cantidad de besos. La joven sonreía dichosa. Mas de pronto su frente se arrugó; su fisonomía expresó una gran severidad.
—¡Quita, quita!—dijo rechazándole.—Tengo que hacerte una pregunta. ¿Dónde has estado esta mañana?