—Pues si era el novio, como no fuese para darte una puñalada, no sé a qué había de subir.
Pablito echó el brazo por encima del hombro a su amigo, no para sostenerse, aunque las corvas un poco se le doblaban, sino para decirle con voz apagada:
—¿Crees eso?
—Una... o dos, o tres...
El bello mancebo guardó silencio. Al cabo de un momento le preguntó:
—¿Tú le conoces?
—Yo no, ¿y tú?
—No le he visto nunca: sólo sé que se llama Cosme, y que es barbero.
Alejáronse en silencio de la calle y en silencio llegaron hasta casa de Belinchón. Allí, al despedirse, Pablito dijo a su amigo:
—Si vuelvo por allá (que lo dudo), me harás el favor de no perder de vista el corredor, ¿verdad?