De este modo apacible y tierno, trataba Valentina al tenorio de Sarrió. El, cuando daba cuenta de tales tratos a Piscis o a algún otro amigo, sonreía como hombre de mundo; afirmaba que estas mujeres irascibles y altivas, son las que más deleites proporcionan a los hombres, sobre todo a los que como él estaban ya un poco gastados.
Después que hicieron las paces, o por mejor decir, después que Valentina otorgó la paz, hubo un cuchicheo que duró no sabemos cuánto. Después no se oyó nada, y hasta sería fácil que tampoco se viese gran cosa. El corredor estaba como si no hubiese nadie en él. Si no fuese porque es muy feo mancillar la honra de una muchacha, podríamos sospechar que la amartelada pareja se había metido en lo interior de la casa.
Piscis, en tanto, hacía la centinela paseando a lo largo de la calle. Y el caso es, que no era sólo él quien la hacía. Un hombre estaba apostado, desde que ellos habían llegado, en el hueco de una puerta donde las sombras se espesaban. Inmóvil y protegido por la obscuridad, no pudo ser visto de Piscis. Aprovechando un momento en que éste paseaba de espaldas a la casa, el hombre salió de su escondite y se acercó sigilosamente a ella. Miró hacia el corredor y vaciló unos segundos. Esto fué lo que le perdió. Cuando dió el salto para cogerse a las rejas, el terrible Piscis se había vuelto ya y le vió. De dos brincos se plantó debajo del corredor, antes que el intruso pudiera montar sobre la barandilla, y con su famoso roten, le descargó en las espaldas tal garrotazo, que el pobre hombre soltó las manos y se dejó caer al suelo. Quiso repetir el feroz centauro, pero el hombre se levantó con agilidad y se dió a correr de tan prodigiosa manera, que el segundo garrotazo lo dió en el suelo, y en cuanto al tercero ni lo intentó siquiera.
—¡Mal rayo!—rugió Piscis.
Este rugido debió de llegar a oídos de su feliz amigo, porque algunos segundos después montaba sobre la barandilla y se apeaba bonitamente en la calle.
—¿Qué hay?—preguntó, acercándose a su Orestes.
—Un hombre.
—¿Dónde?—volvió a preguntar el seductor ansiosamente, girando dos veces en redondo.
—Ya escapó. Le atrapé en el momento de subir al corredor, y le tiré al suelo de un palo... Luego echó a correr... ¡Mal rayo! Ni el Romero a todo escape lo alcanzaba.
—Ese hombre—profirió Pablito sordamente—debe de ser un novio que tenía Valentina hace algún tiempo... ¿Qué trataría de hacer?