Y le descargó sobre los brazos una granizada de pellizcos. El buen Pablo se retorcía de dolor, pero sin gritar, porque respetaba mucho el sueño del papá de la feroz muchacha.
—Por Dios, Valentina, si estás equivocada... No fué más que un instante para preguntarle si había concluído de bordar mis pañuelos...
—¡No está mal instante! ¡Una hora por el reloj plantado con ella, riendo como locos!... Me están dando ganas de ahogarte entre mis manos, ¡zorro! ¡zorro! ¡más que zorro!
La enojada chica, cada vez más poseída de la ira, echó las manos al cuello a su galán, y estuvo a punto de estrangularle.
Daba compasión ver a un tan apuesto y gentil mancebo con la lengua fuera y los ojos llenos de espanto. Valentina tuvo, en efecto, lástima de él, y le dejó; pero todavía le retorció el pellejo de los brazos unas cuantas veces.
—A mí no se me engaña, ¿lo sabes? ¡A mí no se me engaña! Si vuelvo a saber que has estado con ella, excusas de venir más por aquí.
—Bueno, te prometo no hablarla más; pero no vayas a hacer caso del primer cuento que te traigan.
—¿Cumplirás la palabra?—preguntó la cruel costurera mirándole airadamente.
—Pierde cuidado.
—Cuenta conmigo si no la cumples. ¡Alza!