Paseábase por el medio del salón tan apuesto, tan bizarro, que daba gloria verlo. Miraba cuándo a un lado, cuándo a otro, como hacen todos los hombres de verdadero ingenio en estos casos. De vez en cuando, al cruzar al lado de una damisela, la decía:—«¡Usted tan bonita, Julia!» O bien: «Me están matando esos ojos» o «Como Torcuata no la hay en Sarrió», u otra frase feliz por el estilo que encendía en puro gozo a la doncella. Pero al dejarla escapar, no perdía un punto, de su gravedad. Porque sabía que ésta era una de sus cualidades sobresalientes y que le hacían más apetecible al bello sexo.

Esperaba hacía rato a Valentina. Pero ya estaba el salón poblado de damas, y la fementida orquesta de metal había tocado dos bailables, sin que la costurera gentil hubiera hecho su aparición en el baile. Volvieron a sonar los acordes de una mazurka. La juventud dorada tornó a estrechar los talles esbeltos de las hijas del pueblo. Pero nuestro Pablito, fiel a la suya, permanecía inactivo mirando cruzar por delante de él las parejas veloces.

Terminada la mazurka le asaltó la idea de que Valentina ya no vendría. La tirantez de relaciones que mediaban entre ella y el autor de sus días, sobre todo cuando éste tenía algunos vasos de vino en el cuerpo, lo hacía muy verosímil. Pocos minutos después, Pablito estaba plenamente convencido de ello.

Esta su disposición de espíritu coincidió con la entrada de la blonda Nieves en el salón. Sus miradas se encontraron. La pobre muchacha, villanamente abandonada no hacía siquiera dos meses, le sonrió con dulzura. Esta dulzura había sido precisamente la causa de su desgracia. El apuesto Pablito se cansaba pronto de las mujeres dulces. Sin embargo, devolvió la sonrisa, y al pasar a su lado, le dijo áticamente:

—Te van a embestir los toros, Nieves.

La bordadora traía un pañuelo rojo atado a la cintura. Esta frase de su ex galán le causó un efecto tan vivo, que no supo qué contestar. Sonrió de nuevo, y dijo: ¡ah!... ¡sí!... ¡no! y algunas otras partículas que no recordamos, y quiso desmayarse de emoción. A la vuelta siguiente le preguntó si quería bailar con él la primera polka. La primera, la segunda, la tercera, y todas las polkas que se toquen en el universo, respondió Nieves con el sí tembloroso que salió de sus labios. Después que comprometió la polka, Pablo sintió un gran arrepentimiento:—«¡Qué tonto, qué bruto soy! ¿Y si ahora llega Valentina?»

Pero no llegó. La orquesta comenzó a preludiar los primeros compases. El joven, sin quitar los ojos de la puerta, abrazó el talle de la bordadora, lanzándose con ella en raudo vuelo por la sala. Otros jóvenes, no menos raudos, venían del lado opuesto, y ¡claro! un choque primero, después otro y después otro. Tales encuentros eran un atractivo más en aquellos bailes. Las jóvenes, a quienes apabullaban el peinado u obligaban a tambalearse, en vez de sentir enojo, reían a carcajadas con placer vivísimo. Pablo y Nieves, que no podían dar cuatro pasos sin tropezar con otra pareja, estaban verdaderamente hechizados. Sin embargo, el joven, siempre que pasaba por delante de la puerta, sentía un leve estremecimiento en las piernas, y se apresuraba a alejarse de ella. Cuando la orquesta se calló, llevó a su pareja hacia un ángulo de la sala, y allí departieron un momento de pie. Pablito sintió arder entre las cenizas de su amor una chispa de simpatía por aquella muchacha tan alegre, tan apacible, tan cariñosa.

—Ya tenía deseos de bailar contigo, Nieves—le dijo mientras se limpiaba el sudor con el pañuelo.

—Y yo con usted, Pablo.

—¿Usted?