La joven se ruborizó.

—¿Has olvidado el tú ya?

—¡Tanto tiempo se pasó!

—Tienes razón... Pero mira cómo yo no lo he olvidado.

—El miércoles le vi... te vi en la carretera de Nieva... Ibas en un caballo blanco...

—Era una yegua.

—Creí que te tiraba.

—¡Tirarme!—exclamó Pablito frunciendo el entrecejo.—¡Afloja un poco, chica! A mí no me tira tan fácilmente una jaca.

—¡Es que daba unos brincos tan grandes!... Se ponía así para arriba... ¡Jesús! Yo estaba asustada.

—Es que la estaba enseñando a levantarse de manos—repuso el joven sonriendo con superioridad.—Como no la han trabajado hasta ahora, se resiste un poquito. Alguna vez da sus botes de carnero; pero total nada... en el fondo es muy noble la Linda... Mira, tú, cuando la compré, o, por mejor decir, cuando la cambié por el Negrillo, dando mil quinientos reales encima, allá en el mes de octubre, bien te acordarás, tenía una porción de zunas. Se me plantaba a lo mejor en medio de la carretera, se espantaba con los carros... en fin, un animal perdido. Yo me dije: ¿qué hay que hacer con esta jaca?...