Pablito, en cuyo pecho la joven había hecho vibrar la cuerda más sensible, disertó larga y luminosamente acerca de aquellos asuntos ecuestres. Nieves le escuchaba embelesada, enternecida, figurándose acaso que detrás de aquella descripción minuciosa de las zunas de la Linda iba a encontrar su amor perdido.
De pronto, el orador ¡paf! recibe un golpe en medio de la cara; el auditorio ¡paf! recibe otro. Antes que se hubieran repuesto de la sorpresa, reciben otros dos ¡paf, paf!
Era la colérica Valentina el autor de aquel daño. En menos de un minuto los llenó a ambos de bofetadas. Pablito no encontró mejor recurso que escabullirse bonitamente, y plantarse en la calle. Quedó Nieves como inocente paloma en las garras del gavilán. Pero éste, viendo que no podía saciarse, porque le sujetaron los brazos, se desprendió bravamente, dejó el salón, dónde se había armado el consiguiente jollín, y salió a la calle.
Pablito caminaba a paso lento, harto sofocado aún, cuando sintió un terrible dolor en el brazo. Conocía tan bien aquel género de tormento, que sin volver la cara exclamó:
—¡Valentina!
—¡Yo soy! ¿Creíais que os ibais a reir de mí?
—Lo que acabas de hacer es muy feo—profirió el joven con acento irritado, mirando a su querida cara a cara.—Has dado un escándalo, y me has puesto en ridículo. Yo no tolero eso, ¿lo oyes?
—¿Que no lo toleras? Pues, mira; como vuelva a verte otra vez con ella, no me contento con lo que hoy hice... ¡Os clavo a los dos con una navaja!
—Ya te librarás de hacer nada de eso, ni presentarte siquiera delante de mí cuando esté hablando con otra mujer—gritó el joven cada vez más enfurecido.
—¡En cuanto te vea con esa pendanga! ¡Alza! ¡ya verás! ¡ya verás!