Entonces el hermoso mancebo, justamente indignado, pero olvidando por el estado de ofuscación en que se hallaba todos los artículos del código de la galantería, descargó una bofetada en el rostro de su querida, y después otra, y después otra... en fin, una sopimpa más que regular. La graciosa artesana se dejó solfear por su galán pacientemente, sin hacer la más leve señal de resistencia, ni siquiera de esquivar los golpes. Cuando Pablito cesó, le preguntó con deliciosa naturalidad:
—¿Has concluído ya?
—Por ahora... ¡pero me entran ganas de empezar otra vez!—rugió el mancebo ciego de cólera.
—Pues empieza cuando gustes. Yo las he de llevar todas sin moverme. Pero te advierto que me pegues o no me pegues, he de hacer lo que te dije en cuanto te vea hablando con esa... Ahora llévame otra vez al baile.
—No quiero.
—Bueno; pues llévame a cualquier parte donde pueda arreglar el pelo, porque me has despeinado.
El joven hubo de transigir llevándola al café de la Estrella, no sin ir pensando por el camino que sus conquistas le estaban saliendo un poco caras.
Pocos días después tuvo aún mejor motivo para hacerse esta reflexión. Fué en la Peluquería Madrileña, donde acostumbraba a afeitarse y arreglarse el pelo a menudo. Acompañado de su primer caballerizo, entró en ella y se sentó en un diván esperando la vez.
—Cuando usted guste, caballero—le dijo al cabo un muchacho pálido, con ligero bigote negro, volviendo el asiento de gutapercha y mirándole de través.
Pablito avanzó distraídamente y se dejó caer en la butaca con esa languidez elegante que adoptan en las peluquerías aquellos a quienes la Providencia señaló con un destello de superioridad. El chico le embadurnó la cara con jabón. El joven Belinchón, con la preciosa cabeza inclinada hacia atrás, esperó radiante de majestad que se le despojase de la sombra negra que manchaba sus mejillas. Tenía los ojos cerrados blandamente para mejor percibir los vagos y poéticos pensamientos que cruzaban por su cerebro. Siempre que volvía de la cuadra traía la cabeza repleta de ideas. Sus piernas se extendían cruzadas debajo de la mesa, y sus manos enguantadas pendían de los brazos del sillón con la misma elegancia que las piernas.