—Fernando—dijo en voz alta el artista que le iba a afeitar llamando a uno de sus compañeros.
—¿Qué quieres, Cosme?
Este nombre hizo estremecer sin saber por qué a Pablito. Abrió los ojos y dirigió una larga y ávida mirada al peluquero. No le conocía. Debía de ser nuevo en el establecimiento. Esto, en vez de tranquilizarle, le obligó a cambiar de postura varias veces, abandonando por el momento su habitual majestad y languidez.
—¿Puedes darme la navaja que han vaciado hoy?
—Allá va.
Fernando alargó el brazo y Cosme recogió la navaja. Un vago deseo de levantarse nació en el espíritu de Pablito. Mas antes de que pudiera adquirir forma, el peluquero le había cogido por la nariz y comenzaba a rasparle.
Al cabo de unos instantes en que nuestro joven por debajo de sus largas pestañas seguía con mirada inquieta los movimientos de la mano del artista, éste le dijo en voz baja, plegados los labios por una sonrisa afectada que extendía desmesuradamente su boca:
—Usted es el señorito de Belinchón, ¿verdad?
—Sí—articuló.
—Yo le conozco a usted hace mucho tiempo—manifestó el peluquero con la misma voz apagada y sin dejar de sonreir.—¡Oh, sí, hace mucho tiempo! Usted no me conocerá... ¡Claro! los señoritos no acostumbran a fijarse en nosotros. Le tengo visto muchas veces por ahí a caballo y en coche... y también a pie. En los bailes de las Escuelas le veo a menudo. Baila usted muy bien, señorito, ¡muy bien!...