—¡Phs!—profirió Pablito, en quien el deseo de levantarse se había transformado ya en verdadero anhelo.

—Sí, muy bien... y además tiene gusto para escoger pareja. ¡Caramba qué muchachas tan guapas se lleva usted siempre, señorito! Hace algunos meses le veía bailar siempre con una rubia... ¡hasta allí! Es hermana de un amigo mío... Pero hace ya tiempo que le veo bailar con otra muy salada que se llama Valentina, ¿verdad? Es una chica muy graciosa... ¡Caramba qué buen ojo tiene usted, señorito!... A esta Valentina la conozco un poquito... Hemos sido algo amigos en otro tiempo... ¿No le ha hablado alguna vez de mí... de un tal Cosme?

—No—articuló el joven, en quien comenzaban los síntomas de una abundante transpiración.

—Pues es extraño, porque éramos bastante amigos... ¡Como que hace tres meses estábamos para casarnos!... Pero, amigo, vino usted, señorito, y todo fué rodando.

Cosme había pronunciado estas últimas palabras con voz temblorosa. Pablito sudaba gotas como avellanas sin sentir calor alguno. Tenía el mismo temperamento de su glorioso padre, enemigo irreconciliable de las traiciones y emboscadas.

—Naturalmente, ¿qué había de pasar?—prosiguió el artista en un tono de voz indefinible, pues no se sabía si quería llorar o reir. Al mismo tiempo pasaba la navaja con suavidad por la garganta del bizarro mancebo para despojarle de algunos pelos importunos.—¡Naturalmente! Un señorito tan principal como usted, ¿cómo no había de derrotar a un pelafustán como yo? Las chicas, en cuanto uno de ustedes les canta al oído cualquier cosita, se vuelven locas, aunque la mayor parte de las veces ustedes lo hacen por divertirse, cuando no para otra cosa peor. Demasiado se sabe que usted no se ha de casar con Valentina... Usted la quiere para pasar el rato por las noches con ella en el corredor y hacer sus escapaditas adentro, ¿verdad? Y después ¡ahí queda eso!... La verdad, yo quería mucho a esa niña...

La voz del barbero volvió a temblar y la mano también. Pablito no pudo siquiera hacer otro tanto. Estaba petrificado.

—Pero ahora—prosiguió Cosme,—ahora, ¿quién es el que se casaría con ella a no estar loco?... Los pobres estamos debajo, y tenemos que sufrir estas vergüenzas. Si usted hubiera sido un igual mío nos hubiéramos visto las caras... Pero si yo me hubiera metido con usted, no faltaría quien me rompiese la cabeza, y sobre eso iría a la cárcel... Y sin embargo—prosiguió después de un momento de silencio con acento más ronco,—si yo ahora me volviese de repente loco, señorito... ¡adiós caballos y coches! ¡adiós bailes! ¡adiós Valentina!... Con sólo empujar un poco la navaja ¡pif! todo había concluído para siempre...

Pablito, cuyo rostro ya sin jabón estaba tan blanco como cuando lo tenía, dejó escapar aquí un jipido tan extraño y doloroso, que Piscis que venía observando con ojos recelosos al barbero, saltó repentinamente sobre éste y le sujetó los brazos. Pablo se levantó entonces de un salto. El dueño y los mancebos y todos los parroquianos gritaron a un tiempo:

—¿Qué es eso?