—¡Pillo, asesino!—exclamó Pablito lanzándose sobre Cosme, que estaba bien sujeto por atrás y tan pálido como un muerto.

En un instante el gallardo mancebo, que aun sudaba copiosamente, les enteró de lo que había pasado. El pobre Cosme fué arrojado de la tienda a puntapiés por el patrón, que no quería perder el mejor parroquiano de la villa.

XIII

En que se descubren algunos secretos de la vida de Gonzalo

Gonzalo recordó que aún no le habían curado el vejigatorio puesto el día anterior. Tiró violentamente del cordón de la campanilla. Estaba tendido en el lecho boca arriba, mirando los arabescos del techo. La estancia bien esclarecida por los dos balcones que tenía. No se hallaba en su alcoba, sino en el despacho, donde le habían puesto una cama el día primero que se sintió mal. Ventura había mostrado pesar de dejar la alcoba, y prefirió salir él, ya que juntos no podían dormir. El ataque había sido tan fuerte como repentino: una erisipela que le inflamó el rostro, las manos y las piernas, y estuvo a punto de causarle la muerte. Conjurado el ataque cerebral por medio de violentos revulsivos a las piernas, el médico le fué aplicando vejigatorios en diversas regiones del cuerpo.

—¿Qué se le ofrecía, señorito?—dijo la doncella entreabriendo la puerta.

—Haga usted el favor de llamar a la señorita.

Al cabo de un momento, la criada entreabrió de nuevo:

—Que viene al instante.

El joven esperó. Al cabo de diez minutos largos, la linda cabeza rubia de su esposa asomó por la puerta.