—¿Qué me querías, pichón mío?—preguntó, sin entrar, en tono distraído, que no encajaba bien con lo meloso de la pregunta.

—Entra... Son las once, y aún no me han curado el vejigatorio.

—Yo pensaba que esperarías a que el médico lo hiciese—dijo avanzando con vacilación por la estancia. Vestía una magnífica bata de seda azul que no podía velar la curva pronunciada de su vientre.

—No ha dicho que vendría él a curármelo... Además me molesta mucho ya.

La joven se acercó a la cama. Después de unos momentos de silencio, poniendo la mano sobre la cabeza de su marido, le preguntó:

—¿No sería mejor que el médico te curase?

—No, no—respondió él, malhumorado.—Me está molestando mucho... Busca las hilas y la pomada, y trae unas tijeras que corten bien.

Ventura salió sin decir nada. Poco después volvió con aquellos enseres en las manos. Se había puesto seria y parecía distraída. El tenía impreso en el rostro el hastío y el malestar que causa la cama.

Después que hubo colocado los efectos sobre la mesa de noche y esparcido la pomada sobre las hilas con un cuchillo, la joven esposa dijo suavemente:

—Vamos.