Gonzalo se incorporó, y desabrochando la camisa expuso al aire su pecho de hércules de circo, a cuyo costado derecho estaba adherida una cantárida. La joven se inclinó para levantar el parche. Gonzalo aprovechó la ocasión para besarla en la frente.

No se dijeron nada. La vejiga era grande y rodeada por un círculo rojo de carne inflamada. Ventura se alzó de nuevo y dijo con su habitual desenfado:

—Bah, bah, mejor esperamos que venga el médico: no puede tardar... Si quieres le pasaremos recado.

—Ya he dicho que no—manifestó el joven frunciendo el entrecejo.—Coge las tijeras y corta la vejiga alrededor. Después pones las hilas encima de la llaga y se concluyó... ¡Ya ves que es bien fácil!

Ventura no respondió. Tornó las tijeras, se inclinó de nuevo y se puso a cortar la piel.

—¿Te duele?

—Nada: sigue adelante.

Pero al quedar la llaga al descubierto la joven no pudo reprimir un gesto de repugnancia. Los ojos de su marido, que la espiaban, se turbaron. Su frente se arrugó fuertemente.

—Mira, déjalo, déjalo... Esperaremos que venga el médico—dijo cogiéndola por la muñeca y apartándola suave, pero firmemente.

Ventura le miró sorprendida.