—¿Por qué?
—Por nada. Déjalo, déjalo—replicó abrochándose de nuevo la camisa y tapándose con la ropa.
Venturita se quedó con las tijeras en la mano mirándole fijamente, en actitud confusa. El tenía la misma profunda arruga en la frente y miraba al techo.
—¿Pero por qué?... ¿Qué te ha dado, chico?...
—Nada, nada. Déjame que voy a descansar.
La joven se quedó todavía unos instantes mirándole. Inflamándose de pronto, tiró con rabia las tijeras al suelo y dijo con el acento altivo y desdeñoso que tan bien sabía dar a sus palabras cuando quería:
—Me alegro. El espectáculo no era muy agradable; sobre todo poco antes de comer.
Al mismo tiempo se volvió dirigiendo sus pasos hacia la puerta. Gonzalo exclamó con sonrisa sarcástica:
—Y yo me alegro de haberte dado esa alegría.
Luego, al quedar solo, sus ojos chispearon de furor y sus labios temblaron. Apretó la sábana con las manos convulsas, y lanzó una serie de interjecciones brutales, entregándose a una de esas cóleras breves y terribles de los hombres sanguíneos.