Antes que se hubiese apagado por completo, oyó tocar en la puerta suavemente. Figurándose que era su mujer, gritó con furia:
—¿Quién va?
La persona que había llamado, estremecida sin duda por aquella voz, tardó un instante en contestar.
—Soy yo, Gonzalo—dijo al cabo con voz débil.
—¡Ah! dispensa, Cecilia. Entra—replicó el joven dulcificándose de pronto.
Su cuñada abrió la puerta, entró, y la cerró después con cuidado.
—Venía a saber cómo estabas, y al mismo tiempo a decirte que si quieres la limonada ya la tienes hecha.
—Estoy mejor, gracias. Si sigo así, me parece que mañana o pasado a todo tirar me levanto.
—¿Te han curado la cantárida?
—Ventura se puso a ello ahora; pero no ha concluído—respondió, volviendo a fruncir la frente.