—Sí; acabo de encontrármela en el pasillo, y me ha dicho que te has incomodado porque te figurabas que lo hacía con repugnancia—dijo Cecilia sonriendo con bondad.

—¡No es eso! ¡No es eso!—repuso el joven en tono de impaciencia y no poco avergonzado.

—Debes perdonarla, porque no está acostumbrada a estas cosas. Es una chiquilla... Además, el estado en que se encuentra, tal vez influya en su estómago.

—¡No es eso, Cecilia!—volvió a exclamar el joven con más impaciencia, levantando un poco la cabeza de las almohadas.—Sería muy necio y muy egoísta si fuese a incomodarme por una cosa que después de todo no está en su mano el evitar. Es cuestión de temperamento, y yo acostumbro a respetarlo; mucho más tratándose de mi esposa, que se encuentra en un estado excepcional... Pero hay algo más. Lo que me acaba de pasar llueve sobre mojado. Hace diez días que estoy en la cama, y no ha entrado en esta habitación más de dos o tres veces cada día y casi siempre llamada por mí... ¿Te parece que es eso lo que debe hacer una mujer por un marido?... Si no hubiera sido por ti y por mamá... sobre todo por ti... estaría abandonado en poder de criados como en una fonda.

—¡Oh, no, Gonzalo!

—Sí, sí, Cecilia—replicó con energía y exaltándose.—Abandonado. Mi mujer no aparece por aquí sino cuando hay visita... Entonces, sí, viene hecha un brazo de mar, oliendo a esencias y demonios colorados... Pero traerme las tisanas, apuntar las prescripciones del médico, hacerme un poco de compañía hablando o leyéndome algo... ¡De eso, nada!... Ahora le ruego que me cure el vejigatorio, y, en cuanto se lo digo, cambia del todo su fisonomía... Comienza a buscar salidas para zafarse. Sólo cuando yo insisto con empeño, se decide... ¡pero de tan mala gana! con una cara tan estirada, que estuve tentado a tirarle a ella todos los chirimbolos. No tendría ni pizca de dignidad, ni vergüenza siquiera, si la hubiese consentido seguir...

Se había ido exaltando cada vez más, hasta el punto de incorporarse del todo en el lecho. Cecilia, en pie, en medio de la habitación, le escuchaba inquieta y confusa, sin saber qué replicar. Quería defender a su hermana; pero no encontraba argumentos bastante poderosos para contrarrestar los de su cuñado.

—Gonzalo—le dijo al fin, con voz firme y semblante sereno, acercándose al lecho,—el disgusto que acabas de tener te ha exaltado un poco, y no ves las cosas como en realidad son... Es posible que Ventura se haya descuidado un poco en el cumplimiento de sus deberes; pero estate seguro de que no ha sido por falta de voluntad. La conozco bien. Sé que su carácter no se presta a ocuparse en estos pormenores y cuidados que un enfermo necesita. No sirve para enfermera. Además, considera que ahora se encuentra en un estado en que hay que dispensarle muchas cosas...

—¡Pero si es así en todo, Cecilia! ¡Si es así en todo!—replicó el joven con tanta viveza como mal humor.—¡Si es una chiquilla que no tiene atadero! Los asuntos de la casa le tienen sin cuidado. Para ella, lo único importante en el mundo es ella misma, su hermosura, sus trajes, sus joyas... Todo lo demás, padres, hermanos, marido, no significan nada... Estoy seguro de que le ha preocupado más el sombrero que ha encargado a París que mi enfermedad...

—¡Oh, no digas eso, por Dios! Estás loco.