—No estoy loco. Digo la pura verdad...

Y con palabra rápida, vibrante, tropezando muchas veces por la irritación de que estaba poseído, expuso prolijamente sus quejas, complaciéndose en hacer sangrar de nuevo los pinchazos que había recibido en su vida matrimonial. Ventura tenía un carácter diametralmente opuesto al suyo. No era posible estar bien con ella más de una hora. Porque si duraba mucho la avenencia, y no se presentaba motivo de riña, se encargaba ella de buscarlo, hastiada, sin duda, de hallarse en paz con su marido. Si hacía una cosa por proporcionarle un goce cualquiera, en vez de agradecérselo, le pagaba generalmente con alguna burla o sarcasmo. Todo le parecía poco. Los mayores sacrificios los encontraba pequeños. No había posibilidad de hacerla pensar más que en sus vestidos, en sus perfumes, en sus cintajos. ¡Qué vida la que le había hecho llevar en Madrid los tres meses que allí habían estado! No salían de los comercios de sedas, de las joyerías, de casa de la modista. Por las noches, infaliblemente al teatro. Aunque estuviese cansado o se le partiese la cabeza de dolor, nada, era preciso exhibirse en algún palco del Real, del Príncipe o la Zarzuela. El dinero que allí habían gastado, sumaba una cantidad imponente. Creía haber llevado bastante, y por tres veces tuvo que pedir más a su casa. Luego, comprendiendo que dado aquel tren con sus rentas no tendrían bastante, sobre todo si Dios le daba muchos hijos, había tratado de montar una fábrica de cerveza, para aprovechar siquiera los estudios que había hecho. Ventura se había opuesto resueltamente a ello, diciendo que no quería ser «la señora de un cervecero...» Estaba convencido de que la sangre que se había quemado en Madrid, y la que seguía quemándose en Sarrió, era lo que había causado aquel ataque repentino de erisipela. ¡Claro! El necesitaba una vida de actividad y de trabajo, salir mucho al campo, cazar, montar a caballo. Su naturaleza pletórica exigía el ejercicio. Aquella vida sedentaria que le gustaba a Ventura, aquel eterno teatro, aquellas visitas, aquel trasnochar sin sustancia, le mataban; la sangre se le ponía espesa como el aceite... ¡Pero qué le importaba a ella todo eso! Lo principal era satisfacer su gusto en todo y por todo... En Madrid había aprendido a pintarse; ¡una gran barbaridad, porque era blanca como la leche!... Pues aunque él le había manifestado repetidas veces que le repugnaba aquella asquerosa manía, no había sido posible que le hiciera caso.

Mientras se desahogaba de este modo en un flujo intermitente de palabras, el rostro de Gonzalo iba expresando sucesivamente la indignación, la tristeza, la cólera, el desprecio, todas las emociones que agitaban su alma al recuerdo de sus padecimientos. Su gran torso de atleta, se movía convulsivamente sobre el lecho, incorporándose unas veces, otras dejándose caer, mientras las manos temblorosas y crispadas se ocupaban instintivamente en tirar de la ropa, que a impulso de sus bruscas sacudidas se le marchaba.

Cecilia, con la cabeza baja y las manos caídas y cruzadas, le escuchaba esperando que después de soltar el fardo de sus disgustos, la cólera del joven se aplacase.

Y así fué. Después que ya no tuvo más palabras en el cuerpo, cubriéndose con la sábana hasta los ojos dejó escapar una serie interminable de resoplidos entremezclados de frases incoherentes. Cecilia comenzó a decirle con voz muy suave:

—Yo no sé qué decirte a todo eso, Gonzalo. Meterse en las desavenencias que pueda haber en un matrimonio es muy peligroso. Si a alguien corresponde intervenir en vuestras cosas no es a mí, sino a mamá... Pero siempre he oído decir que en todos los matrimonios hay riñas y disgustillos, sobre todo al principio, mientras los caracteres no se amolden... Todo eso pasa. Son nubes de verano. Mientras no afecte al fondo, mientras los corazones no se desunan, las reyertas matrimoniales tienen bien poca importancia... Y aquí no hay miedo a eso, por fortuna... Tú quieres a Ventura...

—¡Oh, cada día más!—exclamó él, con rabia de sí mismo.—Estoy enamorado como un burro... sí, sí, ¡como un burro!

Una sombra de mortal dolor, veloz como un relámpago, pasó por los claros ojos de Cecilia. Pero al instante volvieron a lucir serenos y brillantes como siempre.

—Ella también te quiere a ti; no lo dudes. Su genio es vivo, acaso un poco caprichoso, por lo mismo que ha sido siempre el mimo de la casa. Pero es incapaz de guardar rencor por una ofensa, ni obra jamás con premeditación, sino empujada por las impresiones del momento... Además, Gonzalo—añadió sonriendo,—considera que ahora le debes muchas más atenciones, muchísimo más cariño, si es posible...

La joven, con frases delicadas empapadas de ternura, le habló de su futuro hijo; un clavito que remacharía de modo inquebrantable la unión de sus almas. Aquel niño para el cual todo el mundo estaba ya trabajando en la casa, disiparía con su sonrisa inocente las nubéculas que sombrearan por un instante el amor de sus papás. Después que estuviese en el mundo ¡bien se acordaría Ventura de coloretes! ¡Anda, anda! pues no tendría poco que hacer para tenerle limpio, darle el pecho y entretenerle cuando llorase. Y él estaría tan embobado contemplándolo, que no tendría tiempo a ocuparse en si su mujer traía tal o cual vestido, ni siquiera si estaba de bueno o de mal humor.