La voz de Cecilia, suave, persuasiva, un poco empañada siempre, lo cual daba a su acento singular ternura y humildad que llegaba al corazón, logró conmover pronto el de su cuñado.

Apaciguóse súbito. Dilatado su rostro por una sonrisa, exclamó antes de que concluyese:

—¡Chica, qué gran abogado harías!

—Es que tengo razón—replicó ella riendo.

—Y si no la tuvieses ya te arreglarías para aparecer con ella... ¡Ea, ya pasó!... A mí las rabietas me duran poco... Y, sobre todo, en cuanto tú empiezas a hablar, pierdo la fuerza. No hay orador que se te iguale en eso de acumular los razonamientos en el punto que te convenga; y hasta sabes sacar el Cristo... digo, el niño...

Cecilia soltó la carcajada.

—Reconocerás que ha sido con oportunidad.

—No lo niego.

Ambos rieron con alegría, embromándose cariñosamente, mecidos en dulce fraternidad que los hacía felices.

Cecilia se retiró al fin. Antes de llegar a la puerta se volvió, preguntando con timidez, donde apuntaba un vivo y mal disimulado deseo: