—¿Quieres que te haga yo la cura?... Debes estar molesto...

El joven vaciló un instante. Temía ofender el pudor de su hermana política.

—Si tú quieres... No hay necesidad... Acaso te cause repugnancia...

Pero Cecilia ya se había acercado a la cama y recogía las hilas, la pomada y las tijeras, poniéndolo todo en orden. Hizo una nueva tableta, y extendió con esmero el ungüento sobre ella. Gonzalo la miraba, un poco inquieto. Ella guardaba silencio, haciendo esfuerzos heroicos por vencer la confusión que se iba apoderando de su alma. Ya estaba arrepentida de su proposición. Dejaba transcurrir el tiempo pasando infinitas veces el cuchillo sobre las hilas, con los ojos bajos, fingiendo gran atención a la tarea que tenía entre manos. Al fin, haciendo un supremo esfuerzo, tomó la tableta, y levantando la cabeza hacia su cuñado, le dijo con afectada indiferencia:

—Cuando quieras.

Gonzalo, con mano vacilante, bajó la ropa. Se incorporó en el lecho, y con lentitud embarazosa principió a desabotonarse la camisa. Al fin descubrió su enorme pecho musculoso.

—¡Buen cuadro para antes de comer!—exclamó avergonzado, repitiendo la idea expresada por su esposa.

Cecilia no contestó. Se puso a examinar la llaga, cubierta a medias por la piel que Ventura no había acabado de cortar. Tomó las tijeras, y con mano firme cortó lo que faltaba.

—¿Te hago daño?—preguntó.

—Ninguno.