Descubierta enteramente la llaga, grande como la palma de la mano, aplicó con suavidad sobre ella la tableta de hilas, pasó repetidas veces la mano por encima para ajustarla, colocó un trapo sobre las hilas, y sin dejar de oprimirlo con la mano izquierda, tomó con la derecha una venda que había sobre la mesilla, y la aplicó por el medio encima del trapo.

—Ahora es necesario que te pases la venda por detrás de la espalda, para atarla después aquí encima.

—¿No te atreves tú?—dijo él con sonrisa entre burlona y avergonzada.

Ella no contestó. Quería a fuerza de seriedad dominar la confusión que la embargaba. Únicamente se podía advertir su emoción en el temblor ligerísimo de sus labios. Los ojos medio cerrados, lucían por detrás de sus largas pestañas con íntimo gozo que la expresión indiferente y grave de su fisonomía no podía ocultar.

Gonzalo trató de cruzar la venda por detrás, pero le fué imposible. Cecilia acudió en su auxilio metiendo la mano con decisión por debajo de la camisa. Al sentir el tibio contacto de la carne del joven, aquella mano tembló levemente; mas no dejó de seguir con firmeza su tarea.

—¿Buen pecho, eh?—dijo él con afectado desenfado, para ocultar el embarazo que a ambos dominaba.

Tampoco respondió Cecilia.

—No creas que es todo natural. Estos brazos y este pecho me los hice remando en el Támesis.

—¿Remando?

—Sí, remando. Allí los jóvenes más ricos no se desdeñan de vestir la blusa del marinero o la camiseta. Al contrario, es de lo más fashionable, como ellos dicen. ¡Cuántos viajes habremos hecho río arriba! Luego cada poco tiempo hay regatas. Acude la gente como en Madrid a los toros, se cruzan grandes apuestas... ¡Es un recreo delicioso! ¡Qué entusiasmo entre nosotros desde muchos días antes!...