Se conmovía al recuerdo de aquellas horas felices de salud y de fuerza, cuando ni el amor ni cuidado alguno doméstico turbaban aún su vida de estudiante rico y desaplicado. Y viendo la atención que Cecilia le prestaba, se extendía en menudencias pueriles, trayendo al recuerdo los ínfimos pormenores de aquella existencia consagrada a la gimnasia. Refería las regatas que había ganado, las que había perdido y todos los incidentes que en ellas habían surgido. Contaba sus impresiones antes y después del suceso, la clase de alimentación que usaba para adquirir vigor y perder la grasa; describía los trajes que usaban, la forma de los botes, los gritos de la muchedumbre que los alentaba desde la orilla...
—No habría allí quien tuviese más fuerza que tú—le dijo ella comiéndolo con los ojos.
—¡Oh, sí! No era de los más flojos; pero todavía había algunos de más fuerza—respondió él con modestia.
Había desaparecido la cortedad de ambos. Tornaba aquella dulce fraternidad de antes. Gonzalo descansaba sobre el lecho con los brazos fuera. En cuanto se viera fuera de él, y con ánimos, se iba a Tejada. Era necesario cambiar de vida, para evitar nuevos ataques. Pensaba dedicarse a la caza con ahinco. Montaría además un gimnasio en el sitio más adecuado de la casa. En fin, se prometía ser otro hombre así que curase del todo.
Cecilia aplaudía aquella decisión; prometía ir con él algunas veces. Gozaba mucho más en Tejada que en Sarrió. Había nacido para aldeana. El se reía de aquellos propósitos.
—No sabes lo que es ir de caza en este país. A ver si me veo precisado a traerte en brazos como a Ventura.
—No tengas cuidado; soy más fuerte de lo que parezco.
Al fin la joven trató de marcharse. Gonzalo le preguntó con timidez:
—¿No me lees hoy un poco?
Cecilia no había pensado en otra cosa desde hacía rato. Pero como había oído al joven quejarse con amargura de que su mujer no lo hiciese, temía dejarla en peor lugar, ofreciéndose a desempeñar esta tarea.