—¿Qué quieres que te lea?

—Con tal que no sea una de esas novelas terroríficas que le encantan a mi mujer, cualquier cosa.

—Bueno; te leeré el Año Cristiano.

—¡No tanto!—exclamó él riendo.

Cecilia tomó de la librería un volumen de versos, y se puso a leer sentada cerca de los pies de la cama. Al cuarto de hora Gonzalo dormía deliciosamente, con la tranquilidad de un niño. La joven suspendió la lectura al observarlo, y le contempló atentamente, mejor dicho, le acarició con los ojos larguísimo rato. Al cabo creyó sentir ruido de pasos en el corredor, y poniéndose encarnada a la idea de que pudieran sorprenderla en aquella actitud, se alzó vivamente de la silla, y salió de la estancia sobre la punta de los pies.

Gonzalo, en cuanto estuvo convaleciente, quiso trasladarse a Tejada. Le acompañó toda la familia, excepto don Rosendo. Corría el mes de octubre. En medio del ropaje amarillo de los campos comarcanos, la posesión de don Rosendo, poblada de coníferas, resaltaba como mancha negra, nada grata a los ojos. El joven puso en práctica inmediatamente su programa de vida higiénica. Levantábase de madrugada, tomaba la carabina, llamaba a los perros y lanzábase al través de los campos, llegando la mayor parte de los días a la noche, rendido, con algunas perdices en el morral y un hambre de caníbal. Cuando las excursiones eran más cortas, Cecilia le acompañaba, según le había prometido. Aunque en esta ocasión se mataban pocas perdices, Gonzalo apetecía su compañía como la de un agradable y simpático camarada. La joven nunca se confesaba fatigada; pero él, adivinándolo en su marcha vacilante, daba el alto, la obligaba a sentarse, y se hacía el distraído charlando, a fin de que durase más el descanso.

Mas ella luchaba entre el placer de estas correrías, y el compromiso que había contraído con su hermana de hacerle el canastillo para el niño. Cuando llegó la ocasión de pensar en él, al quinto o sexto mes de hallarse en cinta, Ventura decidió encargarlo a Madrid; pero Cecilia le había dicho:

—Si me traes los modelos, yo respondo de hacértelo igual.

Venturita se había resistido un poco; mas al ver el empeño que su hermana ponía, consintió en ello. Cecilia emprendió con tanto afán la obra, que le faltaba tiempo para comer y dormir. Algunas veces, cuando su cuñado le instaba a salir, le respondía:

—Mira, hoy déjame trabajar. Hace tres días que apenas coso nada.