Y como él insistía haciendo burla de aquellos trabajos, ella se resignaba diciendo:

—Bien, lo peor es para ti. A ver con qué vas a vestir a tu hijo cuando nazca.

—Descuida, chica—replicaba él riendo.—Tengo bastantes camisas para él y para mí... ¡Sobre todo, si le gustan de cuello bajo!...

Al cabo de un mes, la acción del aire y del sol había puesto a Cecilia mucho más morena. Parecía un muchacho, un marinerito del muelle, según la expresión de Gonzalo. Mientras tanto, Ventura hacía su vida de sultana caprichosa, que ahora tenía más razón de ser. Apenas salía de la casa. El cuidado exquisito de su persona, le ocupaba mucho tiempo. El resto, solía emplearlo en leer novelas de folletín. Cada día estaba más hermosa. Aquel culto fervoroso de su cuerpo, contribuía no poco a realzar y aumentar sus gracias. Como un artista toca y retoca incesantemente su obra, sin que le parezca jamás bastante acabada, así la joven esposa cuidaba de sus cabellos, de su cutis, de sus dientes, de sus manos, sin cansarse jamás. El matrimonio la había embellecido dándole la plenitud amable de la forma femenina, convirtiendo su hermosa primavera en dorado y espléndido estío. La misma maternidad, sin quitarle frescura ni desfigurar su cuerpo, le prestaba una majestad suave y protectora. Luego el soberano gusto, el arte, mejor dicho, con que sabía adaptar el color y la forma del vestido al tono de sus carnes y a los cambios que en su naturaleza se operaban, daba primor y relieve a aquella adorable figura.

Eso sí, toda la casa giraba en torno de ella. Como una diosa adorada y temida, movía a su talante todas las figuras humanas que cobijaban las torres chinescas. Hasta doña Paula, que la había hecho rostro en los primeros meses de matrimonio, había vuelto a caer en su esclavitud. Ella no abusaba de aquel dominio. Dejaba que todos cumpliesen su gusto, menos cuando directa o indirectamente iba contra el suyo. Así, por ejemplo, nadie sabía cuándo tornarían a Sarrió, sino ella. La cocinera no arreglaba la comida sin consultarla. El cochero subía a preguntarle todos los días si quería salir de paseo. El jardinero no movía un tiesto sin pedirle la venia. En cambio no le preocupaba poco ni mucho que su marido saliese. Una sola vez, viéndole preparado a salir con Cecilia, le dijo sonriendo en presencia de ésta y de otras personas:

—Muy amigos os vais haciendo tú y Cecilia. Mira que voy a celarme.

Y al tiempo de decirlo, clavaba en él una de esas miradas soberanas que expresaba convencimiento profundo de su dominio. Gonzalo, por mucho que se alejase, no podría romper la cadena; volvería blando y sumiso a sus pies, como el cometa que en vertiginosa carrera surca los espacios y a una distancia inconmensurable siente el freno del sol y vuelve dócil hacia él su frente.

Gonzalo pagó aquella mirada con otra de rendimiento absoluto. Cecilia se había puesto levemente pálida y sonreía para disimular su turbación.

—Vamos, ¡idos, idos! No os quiero ver delante—añadió.—Si me la estáis pegando, peor para vosotros, porque tomaré una venganza sonada.

La broma no era delicada, teniendo presente lo que había mediado entre Cecilia y Gonzalo. Pero no era Venturita mujer que reparase mucho para soltarlas.