En los primeros días de diciembre se trasladaron a Sarrió. Un mes después Ventura daba a luz una hermosa niña, blanca y rubia como ella. Gonzalo estaba tan enamorado de su mujer, que la recibió con alegría, sí, mas no con aquel gozo y anhelo con que los hombres suelen acoger a su primer hijo. Lo que le interesaba principalmente era la salud de su esposa, que no sobreviniese ningún incidente. Todo se volvía entrar y salir del cuarto, tomarla el pulso y moler a preguntas a don Rufo. En opinión de éste, Ventura podía criar sin inconveniente a su hija. Era una muchacha robusta, bien conformada. Tan sólo cuando los niños salen muy tragones, la frescura y la belleza de la madre suele marchitarse un poco. Ante esta eventualidad, la joven se llenó de miedo y se opuso, primero embozadamente, después en términos categóricos, a dar el pecho a la niña. Gonzalo se convenció en seguida y hasta halló razonable aquella oposición. En cambio doña Paula se indignó grandemente, aunque sólo expresaba su desagrado a espaldas de Ventura.

Cecilia se mostró tan solícita, tan vigilante en el cuidado de la criatura, que en poco tiempo se apoderó por completo de ella. Colocó en su cuarto una cama para la nodriza y la cuna de la niña, con pretexto de que Venturita se ponía enferma cuando pasaba una mala noche. Ella resistía dos y tres en vela sin alteración alguna. Y en efecto, en cuanto la chiquilla lloraba, era la primera que saltaba del lecho para entregársela a la nodriza. Si ésta no conseguía acallarla, tomábala en brazos, y se paseaba con ella horas y horas, hasta dormirla.

Con esto, los jóvenes esposos, pudieron dormir juntos de nuevo con la misma libertad y descuido que en los primeros días de novios. Cuando por la mañana presentaban la criatura a su madre, ya Cecilia la había bañado en agua tibia y la traía envuelta en limpios pañales. Jugaba con ella un rato. Cuando llegaba la hora de entrar en el tocador se la entregaba de nuevo a su hermana.

Del mismo modo, aunque con cierta timidez, nacida del deseo de no ofender a su hermana y formar contraste con ella, Cecilia intervino en el cuidado de la ropa de Gonzalo, y en el arreglo de su despacho. Aquél concluyó por darle las llaves de los armarios.—«Cecilia, voy a vestirme.» La joven corría al cuarto y a los pocos momentos volvía diciendo:—«Ya lo tienes todo». Gonzalo encontraba, en efecto, la ropa plegada sobre la cama, la camisa con los botones puestos, las botas relucientes, al lado de la mesa de noche.—«Cecilia, se me ha descosido un poco el forro del gabán.» Cuando tornaba a ponérselo ya estaba cosido. Y ella, que era asaz descuidada en renovar sus vestidos, gustaba extremadamente de que su cuñado vistiese a la última moda; no consentía por ningún concepto, que anduviese un día siquiera con una bota picada o con la corbata sucia. Gozaba en verle salir con algún nuevo traje elegante. Desde el balcón, levantando un poquito la cortina, seguíale con la vista cuando iba al café con el cigarro en la boca. Y después que daba la vuelta a la esquina, todavía contemplaba, hasta que se disipaba en el aire, la última bocanada de humo que había soltado.

Un día, Gonzalo, enojado consigo mismo por lo que gastaba sin sustancia, le dió la llave del dinero.—«Mira, guarda tú esa llave; ni Ventura ni yo tenemos arte para manejar los cuartos. Cuando te pidamos dinero, lo apuntas en este cuadernito y nos avisas de lo que llevamos gastado en el mes. Tal vez de este modo nos iremos moderando un poco.» Convertida en intendente general, pronto observaron los esposos cierta mejoría en sus negocios. Gonzalo cuando llegaba alguna cuenta, decía al criado sonriendo:—«Pásela usted al administrador». El criado sonreía también y se la llevaba a Cecilia.

Aquella intimidad, aquella compenetración singular de los cuñados en casi todos los actos de la vida, había engendrado una ilimitada confianza entre ellos, sobre todo por parte de Gonzalo. Nada le pasaba a éste en la calle, en el café, que no viniese a contar a Cecilia, que le prestaba incansable atención. Su esposa en cambio ni atendía ni quería oir hablar siquiera de sus cacerías, de sus disputas, de las ocurrencias de sus amigos. Todo lo que no fuese modas, bailes, descripciones de las soirées madrileñas, bodas de los grandes de España, le interesaba poco. Lo que más excitaba su curiosidad era cuanto se refería a los reyes y a la real familia. Leía con avidez el relato de las recepciones palaciegas, conocía la etiqueta tan bien como un gentilhombre de cámara, cómo se saludaba a los reyes, cómo se les besaba la mano, cuándo se había de hablar en su presencia, cómo había que retirarse. Sabía los nombres y la biografía de cada uno de los miembros de la real familia y también los de los nobles más caracterizados de la corte. Las novelas, y una señora azafata de la reina que había estado a tomar baños en Sarrió, le habían sugerido aspiraciones fantásticas, un anhelo de vivir en aquella atmósfera brillante. La majestad de los príncipes la conmovía, la embargaba de sumisión, ¡ella que era incapaz de humillarse a nadie! Y aquella vida galante de la corte le producía cierto deslumbramiento como los fulgores de un sueño feliz. Cuando había estado en Madrid, su cualidad de provinciana rica, no le había consentido gozar más que de los teatros, de los paseos en coche por la Castellana, de las tiendas y las calles. De la corte, de sus saraos y regocijos, había permanecido tan distante como en Sarrió. Y sin embargo, ella estaba bien convencida, y no le faltaba razón, de que podía brillar en cualquier parte. Su hermosura y la viva y graciosa imaginación de que estaba dotada, la hubieran hecho notar inmediatamente en la sociedad más distinguida. Algunas veces paseando en landau con su marido, había visto fijarse en ella con atención y codicia las miradas del duque de S... del marqués de C... de encumbrados personajes políticos. En una ocasión había oído a la duquesa de Medinaceli al cruzarse los carruajes, decir a su compañera:—«¿Estará casada esta niña tan linda?» De aquellos tres meses en Madrid, le había quedado una visión poética, un recuerdo confuso de sus placeres, y cierto prurito de imitar con los pobres medios de que disponía en la villa a las damas encopetadas de la corte, cuyas costumbres sólo conocía de oídas.. Así, por ejemplo, cuando salía de casa, que era pocas veces, solía hacerlo en carruaje, sobre todo si iba al teatro. La costumbre de que el coche viniera a esperarles al concluirse la función, había causado en Sarrió alguna sorpresa y no pocas murmuraciones. Los trajes con que se presentaba en público eran siempre de fantasía, distintos enteramente de los que vestían las otras damas de la población. Estas, por regla general, solían andar en sus casas con la ropa usada «en cualquier facha» como ellas decían. Ventura operó una revolución, vistiéndose desde por la mañana con trajes nuevos y adecuados a aquella hora. No se la sorprendía jamás, ni aun en el retiro de su gabinete, sin todos los adminículos y adornos propios de la ocasión. Sus batas de seda de color siempre apagado, sus cofias de encaje nunca vistas hasta entonces, sus babuchas de terciopelo, eran el pasmo de la población. Había muchas señoras que iban a visitarla, sólo por enterarse de su tocado casero.

Gonzalo, al verla enfrascada en la lectura de las revistas de salones, al oir describir, como si lo hubiera visto, un baile en Palacio, exclamaba riendo:—«¿Sabes cómo se llama en medicina esa manía tuya?... Delirio de grandezas». Ella se enojaba. Como todos los caracteres burlones, le hería profundamente el ridículo. Con su cuñada el joven se reía unas veces, otras se mostraba irritado de aquellas extravagancias de su esposa, que calificaba de estúpidas y cursis. Cecilia procuraba calmarle, achacándolo a los pocos años, al carácter tornadizo de Ventura:—«Ya verás—le decía;—dentro de algunos meses no se acordará de semejantes tonterías».

Cecilia era su paño de lágrimas, su confidente en todos los disgustos matrimoniales. Nunca dejaba de recibir de su boca algún útil consejo, algunas palabras consoladoras que calmaban sus fuertes y repentinos enojos. Se había acostumbrado de tal modo a aquellas confidencias, que cuando después de alguna reyerta con Ventura no hallaba a su cuñada en casa, se ponía el sombrero y corría a buscarla al paseo, a la iglesia o donde estuviese. El mucho tiempo que pasaban juntos convidaba también a éstos desahogos. Ventura no quería salir de casa. Y como don Rufo exigía que la niña tomase el aire libre, Cecilia se encargaba de acompañar a la nodriza. Gonzalo las acompañaba a ambas, la nodriza con la niña delante, él con Cecilia detrás. En aquellos largos paseos le confiaba todos sus secretos, le explicaba prolijamente sus temores, sus alegrías, sus esperanzas. A veces, oyéndola discurrir con tanta perspicacia en aquellos asuntos morales, solía exclamar con poca galantería:—«¡Qué lástima que Ventura no posea tu carácter juicioso y sensato!»

Ella, en cambio, permanecía impenetrable para él, como para todo el mundo. O porque no tuviese secretos que contar, o por su temperamento excesivamente reservado, la primogénita de Belinchón huía de hablar de sí misma con un cuidado extraordinario. Ni sus alegrías ni sus pesares eran conocidos de nadie. Sólo un observador muy fino podría, a fuerza de costumbre, averiguar vagamente las emociones que la agitaban. Gonzalo no lo era. En su egoísmo infantil de hombre sano y musculoso, había llegado a considerar a su cuñada como un ser pasivo, razonable y frío, admirable para aconsejar y dirigir a los demás, un ser superior, si se quiere, pero incapaz de sentir aquellas cóleras, aquellas alegrías, aquellas pasiones insensatas que alteraban a los caracteres débiles como el suyo. Sin embargo, alguna vez, en son de broma, había tratado de sacarle del cuerpo sus secretillos. Sabía que tres o cuatro mancebos de la población aspiraban a su mano. A alguno de ellos le había sorprendido más de una vez paseando la calle. En el teatro la flechaban con los gemelos. Y aunque Gonzalo advertía con cierto disgusto que debía de haber en aquella adoración más deseo de la dote que verdadero amor, procuraba lisonjearla hablándola de sus pretendientes. Ella rehuía la conversación con silencio obstinado, sonriendo vagamente para no dejar traslucir su pensamiento; hasta que al cabo se veía precisado a hablarle de otra cosa.

En cierta ocasión, sin embargo, Gonzalo tomó el asunto con más seriedad y persistencia. Un amigo de la infancia, ingeniero de caminos, le habló de Cecilia, y le pidió su protección para interesarla en su favor. La franqueza y sinceridad de su lenguaje agradó mucho al joven.