—Gonzalo—le dijo,—me encuentro ya en edad y en disposición de casarme. No he querido hacerlo en Madrid o en Sevilla, donde estuve destinado, porque desconfío de las mujeres que no conozco de muy atrás. Los hombres deben casarse en su patria con las jóvenes que han visto crecer a su lado. Decidido a casarme con una chica de la población, me he fijado en tu cuñada, y voy a decirte con toda sinceridad mis pensamientos. Cecilia no es bonita ni es fea; es una mujer pasable. Siempre he creído que éstas son las más a propósito para esposas. En las cuatro o cinco veces que he hablado con ella en casa de las de Saldaña, la he encontrado muy simpática y muy razonable, franca y modesta. Sus amigas hablan todas bien de ella. Es un dato importantísimo que los hombres no tienen en cuenta bastante al casarse. Porque las amigas suelen ser implacables las unas para las otras, y se buscan las cosquillas que es una bendición... Además, tu cuñada tendrá una buena fortuna el día de mañana, y esto, ¿por qué no he de decírtelo? también es otro dato que debe tenerse presente. No sé por qué se han de casar los hombres por sistema con las mujeres pobres. Las necesidades que el hombre se crea al contraer matrimonio, son muchas: los hijos pueden aumentar demasiado, y todo debe mirarse. Yo no necesito casarme por interés. Tengo una carrera bastante lucrativa. Mis padres me han de dejar también alguna hacienda... ¿Quieres preguntarle si le he sido antipático en las pocas veces que he hablado con ella, y si consiente que me presenten en su casa?
Gonzalo le prometió interponer su influencia; le dejó entrever con reticencias más o menos claras, un éxito lisonjero, jactándose del poder que sobre ella ejercía. Hasta entonces todas las indicaciones que la hiciera, habían sido atendidas.—«Creo que si yo no consigo llevar a remate la empresa, ninguna otra persona podrá intentarla»—concluyó por decir en un rapto de expansión y de orgullo.
Aquella misma noche aprovechó el momento en que Cecilia vino a encenderle el quinqué al despacho, para decirla risueño:
—¿Tienes algo que hacer ahora, Cecilia?... ¿No?... Pues siéntate un momento, que voy a confesarte.
La joven le miró con sus grandes ojos claros y suaves, donde se pintaba la sorpresa. Gonzalo la obligó a sentarse.
—¿Tienes novio?—la preguntó bruscamente.
—¡Qué pregunta!—exclamó ella con semblante risueño, sin avergonzarse.
—No hablo de novio formal. Si lo tuvieras ya estaría yo enterado. Quiero sólo saber si entre los jóvenes que te obsequian hay alguno que hubiese logrado interesarte más o menos.
—¿Para qué quieres saber eso?
—Contesta.