Cecilia hizo un gesto negativo.
—Pues entonces voy a tomarme la libertad de hablarte de uno, que me lo ha suplicado... Se trata de mi amigo Paco Flores, a quien ya conoces. Me ha pedido que le recomendase a ti, preguntándote al mismo tiempo si en las pocas veces que contigo ha hablado te había sido antipático.
—¿Antipático?—preguntó con sorpresa.—¿Por qué? A mi no me es nadie antipático mientras no cometa alguna grosería.
—Después me ha rogado te pregunte si consientes en que sea presentado en esta casa.
—Eso es otra cosa—respondió poniéndose repentinamente seria.—Yo no puedo impedir que sea presentado aquí; pero, como mi consentimiento podría implicar que tengo gusto en que nos visite, no estoy dispuesta a dárselo.
—No se trata de que lo aceptes por novio—se apresuró a decir Gonzalo.—Únicamente desea que le permitas tratarte algún tiempo; y si al cabo le consideras merecedor de tu mano, se la otorgues, y si no, se la niegues.
—Pues negada desde luego, y sin necesidad de trato—replicó con firmeza la joven.
—Es muy pronto eso—dijo Gonzalo sonriendo para disimular la irritación que aquella brusca respuesta le había producido.
—Me parece que en estos asuntos cuanto más sinceros seamos, mejor para todos. ¿Por qué ha de molestarse ese muchacho en visitarme una larga temporada para recibir la respuesta que desde ahora mismo le puedo dar?
—Bien, bien; procedamos con calma. Si Paco no te es antipático, como confiesas, no puedes asegurar que al cabo de seis u ocho meses o un año, no te enamores de él.