—Soy incapaz de enamorarme—dijo ella con sonrisa amarga que su cuñado no entendió.

—El amor viene cuando menos se piensa—afirmó éste sentenciosamente.—Estamos años y años sin sentirlo, y un día, ¡paf! da un vuelco el corazón. Es que hemos hallado nuestra media naranja.

Estas palabras tan cándidas como crueles, removieron las escasas gotas de hiel que Cecilia guardaba en su pecho. Con rápida frase y mirando duramente a uno de los brazos del sillón donde se hallaba sentada, repuso:

—Pues yo estoy segura de que mi corazón no hará ¡paf! ningún día.

—¿Por qué aseguras eso, Cecilia? Las mujeres, más que los hombres, están hechas para el amor, para los goces que éste proporciona, para la vida de familia. Se puede decir que el único destino de la mujer sobre la tierra, es el matrimonio, porque es la encargada de sostener sobre ella la vida. Su disposición física, todos los órganos de su cuerpo están construídos para la producción de esta vida...

Gonzalo abogaba por su amigo Paco, apelando, como se ve, hasta a la fisiología. Cecilia le escuchaba en silencio, el semblante severo, la mirada fija en el vacío. Las palabras de su cuñado sonaban en su alma como un acento de desolación. Sí; aquello era verdad, ¡por desgracia era todo verdad! Cuando terminó de hacer la apología del amor, hizo la de su amigo Paco Flores, un joven tan despejado, tan formal, hijo de una buena familia, con brillante carrera, etc., etc.

Cecilia se obstinó secamente en rehusar su consentimiento para que viniese a casa. Entonces Gonzalo, un poco irritado por la disputa, y herido en su amor propio por haberse jactado sin razón delante de Paco de su influjo sobre la joven, dejó escapar algunas frases duras: «¿Por ventura le parecía poco para ella? Paco no era rico, pero podía aspirar a su mano. En Sarrió no hallaría un muchacho mejor que él. Nadie tacharía, seguramente, el matrimonio de desproporcionado. ¿O es que esperaba un príncipe de la sangre?... Pues que no se descuidara mucho, porque la juventud de las mujeres pasa pronto, y se han llevado en estos asuntos bastantes chascos...»

La joven escuchó la filípica de su cuñado hasta el fin, sin mover un dedo siquiera. Cuando terminó, levantóse vivamente del asiento, el rostro pálido, las manos convulsas, y salió con precipitación de la estancia. Al cruzar el pasillo para dirigirse a su cuarto, dos gruesas lágrimas rodaban por sus mejillas.

XIV

De los galicismos que cometía «El Faro de Sarrió» y otros asuntos no menos interesantes.—Primeras bajas de la batalla del pensamiento.